David Stoll, ¿Pescadores de hombres o fundadores de Imperio?, El Instituto Lingüístico de Verano en América Latina
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Aucas auténticos y malogrados

Cuando salí del Ecuador en 1977, Sam Padilla, Dayuma y Raquel Saint estaban alistándose para pelear contra la filial ecuatoriana y el resto de su equipo Huao sobre lo que quedaba de la misión más famosa de Wycliffe. Al detener las reubicaciones en 1975 y restringir su clientelismo, el Instituto Lingüístico creó un mayor espacio para los planes turísticos de Sam y Dayuma. Pero la triple alianza estaba atravesada de contradicciones: Saint no quería saber nada con el turismo. Mientras Sam promocionaba el salvajismo, su madre y Saint querían traer a los últimos Huaorani orientales a la Zona de Protección y ponerles ropa. Pronto Sam estuvo de pleito con ambas, y los Huaorani del este se quedaron donde estaban. A principios de 1980, Saint estaba aún con el Instituto Lingüístico y todavía esperaba jubilarse entre los Huaorani; el ILV parecía decidido a que ella se jubilara en algún otro sitio.

«El peor enemigo que tenemos son los misioneros», dijo 'Ceantu' (ya no Sam Padilla) a El Comercio en febrero de 1978. Él quería implicar por «nosotros» a los Huaorani en vez de a sus socios. Según la nueva biografía de Sam durante su primera estadía con los Huaorani «aprendí el idioma Auca, sus costumbres y ritos». Después de un año en Quito regresó con su tribu por cuatro años, luego, a los catorce, fue a Estados Unidos por varios años para estudiar. Aquí, explicó, [452] El Comercio, «asimil[ó] algunos de los valores esenciales de la cultura en el país más avanzado del mundo». Aun así regresó otra vez a la selva, «ese mundo libre, sin tiempo y sin miedo... para ayudar a su gente [a] afrontar la civilización... para que no sean abusados».

Los misioneros eran la única aflicción que Sam mencionó. Habían obligado a los Aucas a vestir ropa, les dijeron no hacer esto ni lo otro, les leyeron la Biblia y sembraron confusión en sus mentes simples y puras. Habían introducido a su gente a una serie de nuevas necesidades y ahora estaban en los asentamientos, prácticamente mendigando porque no tenían de dónde rebuscar para financiarlas. Los misioneros les habían quitado sus cerbatanas, les habían dado escopetas y los habían explotado con el comercio artesanal tan cruelmente que, «según [declaraciones de] ese representante de la tribu Auca, por lo menos 500 de ellos están actualmente destruidos por [la] labor [misional]». Enfatizando su fe en los brujos Huao, Sam exhortó a las autoridades a proteger a su tribu de la interferencia extranjera. Él ya había presentado el caso Auca a un preocupado General Cabrera Sevilla, por la defensa de esa parte de la tribu todavía no contaminada por la civilización{104}.

Para liberarse de la dependencia frente del ILV y los intermediarios estilo Dayuma, los Huaorani occidentales continuaron multiplicando sus contactos con los de afuera. Para fines de 1979, James Yost contó más de setenta hombres de la Zona de Protección (sesenta por ciento del total) que habían trabajado para compañías petroleras al menos una vez, comparados con treintaitrés un año antes y menos de diez antes de 1977. Trece muchachas solteras estaban trabajando como empleadas domésticas en ciudades. Ochenta por ciento de las parejas de la zona de Protección tenían ahora compadres Quichua, comparados con sólo catorce por ciento dos años antes. Cada semana los Huaorani sacaban grandes cantidades de carne ahumada para sus socios Quichua, algunos de los cuales estaban presionando a sus compadres Huao por tierras en la Zona de Protección. La popularidad del compadrazgo significó desastre para los intermediarios estilo Dayuma: aunque ellos habían florecido sobre la base de contactos Quichua, su posición de intermediarios estaba marchitándose en la medida que más Huaorani establecían sus propios lazos con los Quichua. Para captar nuevas fuentes de poder, estas mujeres redoblaron los casamientos Huao-Quichua –que redobló la presión sobre tierras de la Zona de Protección por [453] mayores cantidades de parientes políticos Quichua– y trataron de atraer más turistas{105}.

La mudanza de Dayuma para Playa Palma no carecía de dificultades. La pista de aterrizaje de su hijo 1) debía ser mucho más larga que la de Tigüeno para recibir a avionetas de quince a veinte asientos, requiriendo tanto más trabajo; y 2) estaba tan mal planeada que hubo de abrirse una segunda. Peor aún, porque Sam consideraba ahora a su madre y a su gente como gente «destruida», ella se encontró descuidada en favor de los Huaorani más lucrativos de la pista de Cononaco. Para evitar que aún más de sus clientes Huao desertaran a Dayuno, ella hizo abrir una trocha al río Napo para traer turistas mochileros. Para 1979, cerca del monte que se ha tragado las tumbas de los misioneros, Dayuma estaba por lo tanto firmemente establecida como una 'reina Auca' –la propaganda de ventas de los guías artesanales de turismo. Dado que los guías pagaban sólo a las 'reinas' por el hospedaje de sus varias expediciones por semana, Dayuma estaba todavía arriba. Otros dos grupos de Huaorani, incluyendo aquellos que quedaban alrededor de las misioneras en Tigüeno, estaban fríos ante los turistas pero soportándolos de todos modos, ya que los guías estaban en busca de indios más 'salvajes' para mantener a flote su negocio.

Ahora que Sam se había convertido en un campeón de su pueblo, adquirió una publicista en Rosemary Kingsland. De su libro Una santa entre salvajes (1980) surge un trío encantador en el personaje de Sam («un clásico ejemplo del joven universal»); Dayuma su madre («una persona muy especial... irradia humildad, gracia y humor») y por supuesto Raquel Saint, quien sufre revelaciones pero, como los otros dos, es en última instancia la víctima del Instituto Lingüístico. Tanto Saint como funcionarios de la filial culpan de sus problemas a sus críticos, particularmente a los antropólogos, que quieren convertir a los indígenas en especímenes zoológicos.

Perseguido por el Instituto Lingüístico, el filántropo Sam mantiene de su propio bolsillo a todo un grupo de Huaorani en el río Cononaco. En contraste, el ILV prácticamente ha abandonado a la pobre Dayuma, quien anhela a la desterrada Saint y cortésmente sugiere que ella no quiere tener que ver nada más con los crueles correligionarios de su amiga. Sam y su madre tienen diferencias que resolver, pero esto es también culpa del ILV, que está impidiendo el regreso de Saint alegando que ella está demasiado involucrada emocionalmente con los Huaorani. [454]

A diferencia de los valientes autores alemanes, cuyos lectores se enteran de que un contacto Auca no debe ser emprendido sin antes hacer su testamento, Kingsland pinta al «Grupo Wagrani de Sam del río Cononaco» como gente muy accesible e inocua, siempre y cuando uno tenga a Sam consigo. Desnudos, sonrientes, cálidos y amistosos, éstos son precisamente el tipo de nativos no contaminados que miles de consumidores liberados quisieran visitar por sí mismos. Un quinto autor en búsqueda de los últimos Auca libres, presentado a la misma gente por Sam, sugiere que debieran ser protegidos de los turistas y de los misioneros del ILV por un pequeño grupo de guardianes, incluyendo a su guía{106}.

En los Estados Unidos, otro socio más de Sam estaba publicitando tours para aquellos «con curiosidad antropológica» al «otrora prohibido caserío Auca». Suena maravilloso: «Los Ancas viven en bosques tropicales donde torrentosos ríos y altas montañas forman una barrera natural, aislándolos del mundo de afuera. Los indígenas gozan de una vida paradisíaca en una tierra generosa...

«Los miembros de la tribu visten poco más que un hilo.

«No tienen sistema monetario. Todos los alimentos y materiales son compartidos por todos los habitantes.

«Los Ancas no se incomodan por el uso de cámaras, de modo que no hay obstáculos para los visitantes que quieren tomar fotos.

«Los viajes son guiados por un muchacho Auca que habla fluidamente inglés, español, y su idioma nativo. Se llama Sam.

«Sam fue sacado de la selva por misioneros y educado en los Estados Unidos. Según [«Aventuras en Etnocidio»], él está interesado en iluminar al mundo acerca de sus familiares Auca al tiempo de tratar de preservar la sociedad de los selvícolas cuya cultura ha permanecido sin cambiar por tanto tiempo... Los excursionistas introducidos por [«Aventuras en Etnocidio»] ofrecen sacos de maíz y arroz como obsequios de buena voluntad al llegar»{107}{108}. [455]

El turismo étnico a veces puede traer beneficios a todos los involucrados. Pero en este caso gente recientemente contactada y sin defensas inmunológicas está siendo expuesta a un flujo constante de gérmenes de varios continentes, para los cuales la adicción a la medicina occidental no ofrece ningún remedio. Además para los Huaorani el turismo engendra la ultradependencia y una total invasión de la privacidad. En vez de inspeccionar alguna artesanía, habilidad o caserío modelo tras lo cual la gente pueda escudarse, una invasión de torpes, tontos e indiscretos foráneos está sólo, en palabras de Sam, «mirando a los nativos y cómo pasan su vida diaria».

Con los Quichua, en cambio, los Huaorani tienen mucho en común como indígenas amazónicos. Los dos grupos están terminando con una historia de matanzas al establecer lazos de cierta ventaja para cada uno. De manera significativa, los Quichua parecen estar parcialmente compuestos de una fusión entre pueblos Jivaroanos y los Zaparoanos casi extintos, cuyo camino muchos Huaorani parecen ansiosos de seguir, haciéndose tan Quichua como sea posible. Pero los Huaorani están absorbiendo las nuevas experiencias a un ritmo aturdidor que podría forzarlos en otra dirección. Tal vez la discriminación Quichua y el resentimiento Huao de sus intrusiones conduzca a una nueva orientación Huao, una que sea capaz de relaciones pacíficas con foráneos en términos más equitativos. En cualquiera de los casos, sea que los Quichua resulten ser el modelo de aculturación, o el desafío que salve la identidad Huao, los Huaorani no están «destruidos» salvo para la explotación como curiosidad humana.

En 1979, el año después que Kingsland hizo su visita, James Yost resumió el impacto del turismo como «difícil de ver como algo bueno de ninguna manera. Mucha enfermedad, discordia, personalidad transformada del pueblo de la gente anteriormente libre, no inhibida y cálida que [Elisabeth] Elliot [1961] describe y yo conozco. Aquellos mayormente fuera del alcance de los turistas se mantienen refrescantemente amables. Los otros parecen desmoralizados por las visitas». El atribuyó dos muertes en cuatro meses al turismo y pronto contó dos más.

«En Tzapino un guía Quichua trajo a algunos turistas, uno de los cuales tosió toda la noche según los Huaorani. Protestaron ante el guía y le dijeron que no trajera gente enferma. Él, por supuesto, no hablaba Huao y nunca comprendió. Algunos días más tarde todo el caserío tenía resfrío, y una semana más tarde un hombre murió y varios otros estuvieron muy cerca de eso. [456]

«La otra muerte fue en Cononaco pocas semanas después que Sam llevara a un cargamento de turistas por allá. Otra vez, los Huaorani me dijeron que uno de los turistas tenía tos y catarro. Estuvieron allí sólo algunas horas, pero toda la comunidad terminó con resfrío y un niño murió. Dicen que pidieron medicinas a Sam en una visita de regreso pero que se negó a darles. Eso podría querer decir sólo que no las tenía consigo. En todo caso, a continuación de esa segunda visita, un niño se puso peor que cuando él estaba allí y murió.

«Los Huaorani por supuesto no tienen ninguna voz sobre quien viene o va por su territorio. Despojados del derecho de matar, no tienen ningún mecanismo para defenderse de guías emprendedores e insistentes turistas, a quienes no se les negará su derecho de hacer dinero y mirar salvajes... La gente de Cononaco me dice que ellos vivieron allí casi dos años antes de sembrar, siempre esperando que Sam les llevara alimentos. Arroz y atún enlatado eran la gran atracción»{109}.

Para principios de 1980 la banda de Zoila en Dayuno, la primera en ser inundada por turistas, se había mudado a la capital provincial de Tena. Allí esperaban «vivir por siempre como gente de afuera»{110}. Ahora los Huaorani podían ser vistos tropezándose con cara de borrachos por los pueblos colonos. Por mientras, podrían todavía regresar a una zona de protección ganada por el Instituto Lingüístico de Verano y por su propia reputación guerrera.

Notas

{104} Aillon 1978.

{105} Yost 1981: 699-701.

{106} Broennimann 1981: 179-80.

{107} Swem 1979.

{108} «Aventuras en Etnocidio» ha sido sustituido por el verdadero nombre de la empresa turística.

{109} Yost, comunicación personal.

{110} Yost 1981: 702.

 

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