David Stoll, ¿Pescadores de hombres o fundadores de Imperio?, El Instituto Lingüístico de Verano en América Latina
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El ILV envía a un antropólogo

En enero de 1976 el boletín mensual de Wycliffe publicó un informe actualizado de Ethel Wallis sobre los Huaorani. Tenían nuevas metas: rutas de intercambio, visitar Quito, construir pistas de aterrizaje, comprar máquinas de coser y ganado. Cuatro jóvenes creyentes estaban preparándose para convertirse en los primeros maestros Huao desde Toña. Los Huaorani tenían una mejor idea sobre precios justos por sus transacciones; estaban esforzándose por aprender español y querían ser inscritos como ciudadanos. El domingo después de que tuviera lugar una conferencia Bíblica organizada por los Huaorani, fueron bautizados cincuenta. Los caídos y los perdidos interrumpieron al predicador Quichua para confesar sus pecados{80}.

El Instituto Lingüístico había arreglado un armisticio entre las hostiles bandas Huao, acabado con sus incursiones a asentamientos Quichua, y ayudado al Ecuador a tomar posesión de sus tierras petroleras. El crédito pertenecía al Señor, por supuesto, y el mayor orgullo de la filial eran aquellos hombres Huao, quienes habían encontrado claramente una nueva vida libre del matar. Para cuando el luminoso retrato de Wallis llegó a los sostenedores, sin embargo, el comité ejecutivo de la filial había llegado a una conclusión incómoda: que la influencia del ILV sobre los Huaorani era «negativa».

Desde que las reubicaciones habían cosechado tempestades tras sembrar vientos, se había vuelto más difícil tomar la fe de Raquel Saint con fe. Los juicios de Catherine Peeke y dos otras mujeres traídas para apuntalar el trabajo –una maestra norteamericana y una enfermera alemana– empezaron a contradecir a su hermana mayor. Después de 1968, Saint había prohibido a los hombres del ILV pasar la noche en Tigüeno alegando que podrían ser lanceados. Cuando el liderazgo de la filial empezó a sugerir una evaluación alrededor de 1972, Tigüeno era todavía un lugar tan peligroso que ella no podía garantizar la seguridad de un hombre. Nadie estaba acostumbrado a darle órdenes: en Limoncocha, los visitantes notaban el aire de autoridad que arrastraba ella por la base. Pero la paciencia de la filial [438] se agotó después de la publicación de Aucas Río Abajo: la historia de Dayuma hoy (1973) de Ethel Wallis, cuyo texto Catherine Peeke se había rehusado a aprobar. El cuento de hadas de Wallis se contradecía extrañamente con la pretensión de Saint de que ningún colega masculino podría vivir en Tigüeno sin arriesgar su vida.

Fue así que el director de la filial asumió la responsabilidad por la vida de un alma valiente de los Estados Unidos, un antropólogo. El ILV tiene pocos: están supuestos a visitar las filiales, dar seminarios y hacer evaluaciones cristianas, mas no a intervenir en desastres de campo y enfrentar a los traductores. James Yost había dejado la Universidad de Colorado para integrarse al ILV: su misión oficial era un estudio de la cultura Huao pre-contacto. Pero también debía de evaluar la actuación de la filial y se comprometió con lo que se había considerado una tarea temporal. A Saint algo le olió mal y pronto se enfrentó con él.

A su llegada Yost era tan proteccionista que se oponía a la adquisición por parte de los Huao del Quichua y español, por temor a que pudiera amenazar su identidad cultural (a diferencia de la mayor parte de la alfabetización del ILV en América Latina, su programa para los Huaorani era todavía monolingüe). Él compartía una convicción con Raquel Saint, los aventureros alemanes, yo mismo y muchos otros: que un pueblo recientemente contactado, que tiene todavía lo peor por delante, de alguna manera debe quedarse como era y separado del mundo, con la sola excepción del programa de uno mismo.

Yost pronto aprendió que la ansiedad Huao frente a los foráneos competía con una pasión consumidora por sus mercancías. Hasta el surgimiento de Dayuno, el principal puerto de entrada había sido la pista de aterrizaje de Tigüeno. Alrededor de ésta se mantenían muchos de los Huaorani de las reubicaciones, no sólo por las mercancías, sino porque los misioneros y conversos querían asegurarse de que no mataran a alguien. Controlando la distribución del botín estaban los «intermediarios culturales», unos pocos Huaorani cuyas habilidades lingüísticas los convertían en mediadores de contactos con gente de afuera. En el corazón de este grupo estaban los antiguos peones de Sevilla, especialmente Dayuma, en quien Saint siempre se había apoyado fuertemente. Procedieron a introducir métodos de explotación estilo hacienda al sistema clientelista del ILV, al utilizar su poder sobre los otros Huaorani para extraer de ellos prolongadas obligaciones de trabajo. Aunque Tigüeno había sido siempre el territorio de Dayuma, las reubicaciones crearon nuevos feudos de refugiados, provocando fuertes competencias entre sus paisanas de hacienda. Los refugiados encontraron sus propias razones para irse de Tigüeno y, guiados por [439] antiguos peones de Sevilla, empezaron a salir hacia el borde de la Zona de Protección.

Comparados por la reglamentada misión de Tigüeno, los nuevos centros eran puertos libres donde intermediarios estilo Dayuma canjeaban carne de monte de la Zona de Protección por mercancías. El bien más codiciado era la escopeta, arma que Raquel Saint había tratado de prohibir alegando que muchos hombres no estaban todavía suficientemente estables para ser confiados con ellas. La prohibición de las armas de fuego era también ecológica, pero daba a las partidas de caza petroleras y Quichua una ventaja en la competencia por los animales. Para 1976 Yost contó más o menos cuarenta escopetas en mano Huao –la mayoría a través de Dayuno– que habían obtenido otro lote, junto con la inscripción como ciudadanos, en una segunda audiencia con el Presidente Rodríguez Lara. Otros delanteros que ganaban terreno en la Zona de Protección incluían dinamita (conseguida a través de los trabajadores petroleros) y DDT (a través de los equipos anti-malaria) para pescar. Los nuevos métodos estaban agotando la caza tan rápidamente que eran necesarias expediciones más y más largas para magros resultados. La circulación en otras partes de la Zona de Protección sería de ayuda, pero la tecnología moderna acabaría con la caza dondequiera que fuera usada.

Como si eso no fuera suficiente, el ILV estaba trasladando todavía a los últimos Huaorani del este a la Zona de Protección. Saint quería a todos bajo sus alas, lo mismo que Dayuma; su gente la estaba asediando para encontrar cónyuges y era ahí donde podía conseguirlos. Se debía sembrar chacras para los nuevos, pero después que treinta personas fueron llevadas a Tigüeno, Yost notó que estaban adelgazando. A principios de 1975 él convenció a la filial de posponer el siguiente vuelo, y luego posponerlo nuevamente.

Ahora que la gente transferida del este tenía sus cónyuges, el antropólogo trató de convencer a algunos de ellos de irse a su tierra. No hubo nadie dispuesto. «Las mercancías están detrás de esto», me dijo. Otra de las ideas era agrandar la Zona de Protección. Técnicos de la Organización para la Agricultura y Alimentación de las Naciones Unidas (FAO) estaban evaluando la factibilidad de parques nacionales en todo el país. Pronto la FAO estuvo proponiendo un parque al sudeste de la Zona de Protección. Quizá pudiera haber un corredor de tierra y los Huaorani actuar de guardaparques.

No obstante, una población indígena amazónica mucho mayor podría querer la misma tierra para satisfacer sus propias necesidades. Y a la [440] tasa actual, pronto podría no haber ningún Huaorani más que proteger. Muchos de ellos resentían las intrusiones de los Quichua, pero estaban haciéndose dependientes de los mismos hombres para obtener botas de goma, linternas y cosas por el estilo, lo que los asustaba de hacer enojar a sus nuevos socios. Forzados a probar que no habían sufrido una regresión al salvajismo, primero los intermediarios estilo Dayuma y luego otros Huaorani estaban haciendo lo imposible por identificarse con los Quichua. Liberados de su deber de defender al grupo, los muchachos pasaban su tiempo mirándose en espejos de bolsillo y peinándose el cabello. Raquel Saint les daba sermones por cantar canciones Quichua en lugar de las suyas propias. No se impresionaban con el argumento de que la única respuesta a la discriminación era el orgullo de ser Huaorani.

Seis miembros del ILV estaban turnándose ahora entre Tigüeno y Limoncocha, ciertamente suficientes como para hacer todo lo posible. Decidieron que lo mejor que podían hacer era irse, por un tiempo. Todos menos uno opinaron que los Huaorani alrededor de Tigüeno eran demasiado dependientes del ILV, y todos menos uno no gustaban de la manera en que Dayuma manipulaba a su clientela. Los Huaorani debían ser dejados solos para resolver sus problemas por sí mismos. El riesgo era que todos decidieron unirse a la banda de inconformes en Dayuno. Pero Dayuno era la criatura de la cristiana Tigüeno y, a menos que algo cambiara, era también el futuro que esperaba a los otros Huaorani.

En 1975 algunos miembros empezaron a urgir a la dispersión, enfatizando el punto al restringir el flujo de mercancías a través de la pista de aterrizaje de Tigüeno. Al año siguiente, con cierta dificultad, todos los miembros fueron retirados. Dayuma y sus confederados estaban encolerizados porque Saint hubiera sido sacada y su principal canal de mercancías cerrado. Nuevos promotores médicos Huao descubrieron que eran más capaces de lo que habían pensado. Hubo también un incremento de la ansiedad por brujos y lanzas, cree Yost porque los misioneros no estaban presentes como garantía contra la violencia y porque la dispersión alejó a las familias del culto, cuya función primaria él califica como reforzamiento de la prohibición de las matanzas. A su regreso, los miembros del ILV redujeron su consumo de bienes de afuera, dejaron de actuar como agentes de intercambio, y pasaron por encima de Dayuma para ejecutar sus planes. Intentaron acelerar la capacitación de Huaorani para manejar su propio programa escolar y continuaron reduciendo su permanencia en la Zona de Protección{81}. [441]

El programa de destete aceleró de hecho la dispersión de Tigüeno. Pero en contra de las esperanzas del antropólogo, los Huaorani continuaron reubicándose para maximizar sus contactos con el mundo de afuera. Como la banda de Dayuno había estado haciendo por varios años, con resultados tragicómicos, ahora otros Huaorani salieron para la gran peregrinación a los caseríos Quichua y pueblos colonos. Una mayor cantidad de Quichua se convirtieron en compadres de los Huaorani para ganar acceso a la Zona de Protección. Los Huaorani reñían entre sí acerca de las demandas Quichua, pero el compadrazgo proporcionaba un socio e intermediario para otras transacciones, un lugar donde alojarse y un rincón desde donde observar a los foráneos más allá de las viejas fronteras. Para ganar dinero para comprar mercancías, en 1976 algunos hombres Huao de Dayuno y Tigüeno estaban trabajando en el este para una compañía petrolera, la que confiaba que éstos evitarían problema con los últimos del grupo aún sueltos. Obviamente, los Huaorani tendrían que aprender Quichua y español para defenderse{82}.

Notas

{80} pp. 4-5 In Other Words enero 1976.

{81} Yost 1979: 16-20.

{82} Yost 1981 y entrevistas del autor.

 

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