David Stoll, ¿Pescadores de hombres o fundadores de Imperio?, El Instituto Lingüístico de Verano en América Latina
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El reino de Satán

«Resulta más fácil encontrar un Francmasón que un defensor del Instituto Lingüístico de Verano.» –Daniel Samper, El Tiempo, 14 de septiembre de 1978.

Para los colombianos que seguían el caso, un misterio clave era cómo, a través de crisis tras crisis, el Instituto Lingüístico había logrado quedarse en el país. Después de la masacre de Jonestown, la prensa estaba escandalizada al informar que el ILV era apenas una de cien o más sectas extranjeras, mayormente norteamericanas, que operaban dentro de las [275] fronteras nacionales{97}. Oyendo a Wycliffe contar la historia, su filial colombiana había sido objeto de una de las más espantosas secuencias de traición y felonía en la historia conocida. La convicción creció: Wycliffe era la víctima de Satanás y sus criaturas. Como Clarence Church recordaba a los sostenedores norteamericanos después de las exageradas revelaciones de una vinculación entre Guillermo Townsend y el difunto Jim Jones, «la gente que escribe... estas cosas –la gente que presta sus nombres a comités consultivos, y aquellos que se oponen al Evangelio de maneras tan astutas, está siguiendo el modelo de aquél que era, según el Señor Jesucristo, un mentiroso desde el principio... Este es el mundo de Satanás, y nosotros que conocemos al Señor hemos sido arrancados de su reino... Aquellos que aún no han sido rescatados pueden ser diabólicamente astutos en sus ataques a la familia de Dios...»{98}.

Dejé Lomalinda con una vívida impresión de sinceridad y buena voluntad, pero también de ingenuidad e intransigencia. Los miembros estaban perplejos y amargos por la vendetta contra sus métodos. «Vienen aquí, les mostramos todo, y parecen muy impresionados», dijo un administrador, «pero para cuando sale el artículo uno no diría que han estado aquí. Alguien les está diciendo qué escribir». «Ellos tienen su propia versión de la verdad», añadió un técnico de SSAR, «y esa es la única que publican. Algunas personas no entienden que estamos aquí para ayudar. Sencillamente no está en su cultura el que la gente haga algo sólo por el bien».

«La organización es políticamente estúpida», observó un traductor, «en el sentido de que hace cosas que tienen sentido en términos de la obra del ILV, pero les parecen muy mal a los colombianos». Como el avión de carga DC-3, cuando otros norteamericanos utilizaban aparatos similares para transportar sustancias ilegales{99}. Fundamentalmente, sin embargo, la filial estaba atrapada por la identidad dual. Aunque muchos miembros estaban ansiosos por explicar su labor, estaban condenados a hacerlo en el lenguaje de Guillermo Townsend. «Es cierto que estamos conectados a los Traductores Wycliffe de la Biblia porque somos creyentes en el Señor», dijo el enlace con el gobierno William Nyman a El Tiempo en junio de 1975. [276] «El Instituto y el Wycliffe Bible Translators son la misma gente, pero se trata de dos corporaciones que se dedican a cosas diferentes. La nuestra es una organización científica»{100}. Las tonterías de la identidad dual ocultaban un cruel dilema: ¿Debían los miembros responder a la crisis como técnicos desinteresados, más que dispuestos a irse cuando dejaran de ser bienvenidos, o como misioneros de fe cumpliendo la profecía del Libro de Revelaciones? William Nyman se apoyó en el derecho divino. «Los poderes del infierno no nos moverán de este país», se rió, «ni los poderes de la izquierda ni los poderes de la derecha, hasta que Dios nos lo diga y entonces lo haremos... ¡Tenemos amigos! No vamos a marcharnos del país»{101}.

La política de la filial oponía a una mayoría 'conservadora' contra 'liberales', más unos pocos 'radicales' que querían abandonar la base, mudarse a una ciudad y mandar a empacar a la mayor parte del personal de apoyo. Dado que casi todos se sentían indispensables, se decidió que la gente en la base, no la base misma, era la fuente de cualquier falta de parte del ILV; por lo tanto el amor, la dedicación y el servicio cristianos eventualmente convencerían a los colombianos de las buenas intenciones del grupo. En la conferencia de la filial de diciembre de 1975, dos tercios de los traductores votaron en contra de la reelección del director de la filial Forrest Zander, un ex-piloto de SSAR, el personal de apoyo lo respaldó en un voto de dos tercios en favor del status quo. Pero se dejaría de calificar a todas las críticas al ILV como inspiradas por el comunismo, porque muchas eran justificadas. Ladrones empezaron a asediar Lomalinda y, en agosto de 1976, cinco miembros escaparon con las justas de la explosión de una bomba afuera de la casa del grupo en Bogotá{102}.

La cuestión más peleada fue la integración de colombianos a la obra, no sólo como trabajadores de limpieza y asistentes sino como lingüistas. El asunto era también una farsa, el resultado de años de malentendidos mutuamente convenientes entre los funcionarios del ILV y sus políticos amigos. Mientras hasta el Ministro de Gobierno estaba hablando de una participación colombiana del cincuenta por ciento, los adversarios señalaron que no podía esperarse que una secta religiosa diera la bienvenida a especialistas colombianos. «Todo colombiano que entre al Instituto», me dijo Nyman en respuesta a la pretensión oficial del cincuenta por ciento, [277] «tendrá que ser creyente en Jesucristo». Más aún, en Lomalinda los lingüistas colombianos se enteraron de que podrían colaborar con el ILV sólo si aceptaban no interferir en sus metas evangélicas. Como preguntó Napoleón Peralta en el Congreso, ¿tenía el ILV el derecho de imponer esta condición cuando, para comenzar, su contrato no autorizaba el evangelismo?{103}.

La filial y sus amigos colombianos trataron de descartar la nacionalización alegando que, sin una apropiada motivación espiritual, los colombianos no podían soportar la incomodidad del campo como lo hacían los traductores del ILV. Ahora que la nacionalización era supuestamente una exigencia, los evangélicos colombianos eran la solución obvia. Pero la filial tendría que superar una antigua desconfianza en estos cuarteles, y muchos miembros pensaban que los traductores colombianos serían una carga financiera. Ya que las iglesias nacionales serían reticentes a financiar la traducción Bíblica tal como la practica el ILV, cualquier déficit tendría que ser absorbido por las iglesias norteamericanas, las que prefieren financiar a norteamericanos. Además, los traductores colombianos podrían tener que ser remunerados a un nivel cercano al de los norteamericanos, no al de los setenta y nueve empleados de la base cuya planilla y subsidio mensuales sumaban alrededor de $ 3.190 dólares{104}. Para 1976, no obstante, algunos miembros estaban insistiendo en que la filial tenía que ofrecer dinero para los evangélicos colombianos. Eso los puso frente a frente con una dificultad aún más fundamental: que muchos de sus colegas temían a cualquier colombiano y querían tener que ver con ellos lo menos posible. Al final de una década de controversia, después de innumerables promesas de participación nacional, la filial había introducido a ciudadanos al trabajo en dos o tres idiomas.

Notas

{97} Tiempo 14 de septiembre (como fue citado por Inter Press Service el 15 de septiembre), 26 de noviembre (p. 9B) y 10 de diciembre (p. 4A) 1978. Wilson (1980:572-4) registra setenta y dos grupos protestantes norteamericanos en Colombia, con un total de 1.043 misioneros.

{98} p. 4 In Other Words abril 1979.

{99} Entrevistas del autor, Lomalinda, 29 y 30 de septiembre 1975.

{100} Tiempo 27 ó 28 de junio 1975, en Universidad de Antioquía 1976:15-16.

{101} Entrevista del autor, Bogotá, 16 de septiembre 1975.

{102} Entrevistas del autor, Lomalinda, 16 y 17 de enero 1976. y pp. 1, 9A Tiempo 5 de agosto 1976.

{103} Anales del Congreso 14 de octubre y 14 de noviembre 1975 (pp. 939-40, 1171).

{104} Estas cifras (una planilla mensual de 80.300 pesos más 25.000 de subsidio para transporte, &c., a treinta y tres pesos por dólar) fueron presentadas al Presidente López por el municipio y ciudadanía de Puerto Lleras, como un indicador de la importancia del ILV para la comunidad. Lomalinda es una de las industrias principales del pueblo y probablemente el mayor empleador. El sueldo más subsidio mensual promedio de 540 dólares por trabajador era probablemente atractivo para el área. El dinero aparentemente venía del apoyo de fe de doscientos y pico de miembros que en 1977 idealmente (pero no necesariamente) alcanzaran un ingreso mensual de $ 240 para una persona soltera y $ 680 para una pareja con dos hijos en primaria{105}. Como explicó un defensor colombiano, «un Instituto extranjero, sin ánimo de lucro, esencialmente filantrópico... con escasos recursos económicos provenientes de donaciones extranjeras... [no puede] ampliar la nómina de coIaboradores colombianos»{106}.

{105} p. 7 «Colombia-Panamá», mimeo de WBT, abril 1977. La petición de Puerto Lleras fue fechado el 4 de diciembre 1975.

{106} Morillo Cajiao 1978.

 

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