David Stoll, ¿Pescadores de hombres o fundadores de Imperio?, El Instituto Lingüístico de Verano en América Latina
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Abriendo la puerta

Sólo un poder más alto, ha reiterado Guillermo Townsend, puede explicar su bienvenida en Colombia. Como el hogar de un poderoso clero católico, este país atraía como el más caro de los desafíos espirituales, el huerto cerrado. Por casi una década, desde la cima de la Violencia a principios de los cincuenta, los intentos del fundador de obtener un convenio con el gobierno no llegaron a nada. Los sacerdotes conservadores estaban forzando a los misioneros protestantes a abandonar las áreas rurales, llegando a incitar la matanza de sus conversos como impíos comunistas. Estaba además el Convenio de Misiones, una genuflexión oficial al Concordato Vaticano de 1887, que fue fortalecido durante los mismos meses en que Townsend rompió un monopolio católico en el Perú. Posiblemente con los lingüistas de la Universidad de Oklahoma en mente, el convenio de enero de 1953 dio a los obispos católicos autoridad total sobre la educación en las regiones indígenas{4}. Tarde o temprano, en todo caso, la actuación del ILV en el Perú había prevenido a los defensores de la fe contra una conspiración protestante. Aunque los Liberales colombianos consideraban al Concordato como imperialismo romano, una y otra vez los diplomáticos lingüistas naufragaron en la piedra de San Pedro. De pronto, en 1961, Townsend abrió la puerta.

Colombia
 
Colombia

La explicación del fundador, según la cual Dios había realizado otro milagro más para los Traductores Wycliffe de la Biblia, empieza en 1952. Fue este el año en que él conoció en Chicago a Alberto Lleras Camargo, el ex-Presidente Liberal y secretario general de la Organización de Estados Americanos. De manera típica, incluso el regreso de Lleras a la presidencia colombiana seis años más tarde no cambió la suerte de Townsend. Su dilema es ilustrado por un encuentro en 1959 con otro Liberal simpatizante, Gregorio Hernández de Alba. Uno de los padres de la antropología colombiana, Hernández de Alba había surgido del indigenismo marxista de los años treinta, una respuesta criolla a los movimientos indígenas de esa época. Habiendo sido testigo de más de un revés de la causa indigenista, convirtió en la tarea de su vida el establecimiento de un moderno programa de [244] integración que pudiera fomentar el progreso cultural de los indígenas, protegerlos de los abusos y desapegarlos discretamente del clero católico. Entre los pocos aliados con los que podía contar estaban los misioneros protestantes{5}.

Ahora que Hernández de Alba estaba persuadiendo a su amigo el Presidente Lleras de auspiciar una División de Asuntos Indígenas, estaba ansioso por conseguir asistencia internacional, que Townsend ofreció en su capacidad de delegado peruano al Congreso Indigenista Interamericano. Si el fundador quería permiso para evangelizar a la población indígena de Colombia, Hernández de Alba necesitaba lingüistas para estudiar sus cerca de cincuenta idiomas. El Instituto Lingüístico podía también proporcionar servicios aéreos, crear clientelas para programas de integración controlados por el gobierno y entrenar a lingüistas colombianos, todo eso a poco o ningún costo para las diminutas partidas públicas. Era una oferta tentadora: a cambio, el ILV estaría presente desde la fundación de la nueva burocracia indigenista de Colombia. Dos años más tarde Hernández de Alba redactó el contrato, pero en 1959 dijo que el Concordato Vaticano era infranqueable.

Mientras aumentaba la alarma norteamericana por la Revolución Cubana, Townsend siguió «esperando y rezando». En septiembre de 1961, al tiempo que Estados Unidos lanzaba su Alianza para el Progreso, él se excusó de una invitación para visitar Inglaterra con la explicación de que el Señor lo estaba manteniendo a la espera para Colombia. Sus oraciones fueron atendidas en octubre. Milagrosamente, el embajador colombiano en Washington, Carlos Sanz de Santa María del Partido Liberal, visitó al empresario de Carolina del Norte, Henderson Belk, que acababa de donar el terreno para el nuevo centro de SSAR cerca de Charlotte. Tras conversar con el embajador, Townsend voló a Bogotá para volver a presentarse al Presidente Lleras, quien le prometió el contrato{6}.

Más temprano, ese mismo octubre, a través del Coronel Kintner, Robert Schneider estaba ofreciendo la ayuda del ILV a la Casa Blanca para la lucha contra el comunismo. Dos meses más tarde, John Kennedy visitó a su aliado anti-castrista, el Presidente Lleras, en Bogotá. Y unos días antes que Townsend firmara su contrato, en febrero de 1962, un equipo de Boinas Verdes regresó de Colombia a Fort Bragg, Carolina del Norte con un [245] informe pesimista. «En vista de la propensión de la mayor parte de los líderes tanto en el campo político como económico a ignorar sus responsabilidades nacionales para buscar el engrandecimiento personal», los Boinas Verdes aconsejaron la formación de un aparato cívico-militar para «la ejecución clandestina de planes desarrollados por el Gobierno de Estados Unidos hacia objetivos definidos en el campo político, económico y militar. Esto permitiría pasar a la ofensiva en todas las áreas de acción, en lugar de depender de que los colombianos encontraran su propia solución. Aunque lo último sería preferible, no existe ninguna seguridad de que haya tiempo para esperar un nuevo rumbo». El aparato podría ser utilizado para «presionar para reformas que se sabe son necesarias, realizar funciones de contra-espionaje y contra-propaganda y, tal como se requería, ejecutar actividades paramilitares, de sabotaje y/o terroristas contra conocidos proponentes comunistas»{7}.

Ya que los Liberales estaban a punto de ceder la presidencia a los Conservadores, de acuerdo con el pacto del Frente Nacional, un instituto lingüístico podría muy bien haber figurado en las negociaciones. Según el contrato firmado con el ministro de gobierno, Fernando Londoño y Londoño del Partido Conservador, el ILV operaría en coordinación con la División de Asuntos Indígenas del ministerio; promovería el «mejoramiento social, económico, cívico, moral y sanitario» de los indígenas; y «respetaría las prerrogativas de la Iglesia Católica, según los términos del Concordato...»{8}.

Pronto los obispos misioneros tuvieron sus dudas acerca del último punto. Uno de sus secretarios, Manuel Lucena, había regresado del curso del ILV en la Universidad de Oklahoma con un análisis de la identidad dual. El sugería sacar ventaja del contrato exigiendo al ILV entrenar lingüistas misioneros católicos, quienes luego harían innecesarios sus servicios. En una reunión que Wycliffe describe en términos del encuentro de Daniel con los leones, Townsend apaciguó a los obispos con su lenguaje de amor. Los obispos estaban ya bajo presión del Vaticano para ser ecuménicos: estaban supuestos a comandar a sus feligreses en contra de una amenaza más seria que el protestantismo. El director de Townsend para el [248] avance colombiano, Robert Schneider, le solicitó mantener el armisticio, lo cual aceptó haciendo de Colombia su residencia hasta 1965{9}.

Grupos idiomáticos de Colombia
 
Grupos idiomáticos de Colombia

La base del ILV, Lomalinda, se instaló en los llanos orientales en terrenos donados por un general de la fuerza aérea, Armando Urrego Bernal, cerca de Puerto Lleras, departamento de Meta. Los traductores se introdujeron a veinte idiomas para 1966 y a treinta y siete para 1974, con nueve más en perspectiva. Cada equipo debía producir un Nuevo Testamento en diez años y todos debían estar terminados para 1983 (la filial distribuyó el primero en 1981), tras lo cual los traductores dedicarían más atención a los programas de desarrollo comunal y concluirían su trabajo para 1985{10}.

La filial no reveló sus prioridades a la mayor parte de los colombianos: un defensor colombiano llegó a alegar que la «gigantesca» labor del ILV en desarrollo comunal justificaba la demora en la producción lingüística{11}. Hasta 1971 Víctor Daniel Bonilla podía sólo «arriesgar la afirmación» de que el propósito fundamental del ILV era «espiritual»{12}. Cuando el productor cinematográfico Brian Moser preguntó por qué el «objetivo principal... de llevar la Palabra a las tribus» no estaba en el contrato gubernamental, el director de la filial Clarence Church respondió que el «ILV no es una organización religiosa» –la posición oficial{13}. Además [249] pretendió que el propósito religioso del ILV «ha sido perfectamente conocido desde el principio» y que éste ponía «el noventa por ciento» de su énfasis en la lingüística{15}.

No se materializó un sistema oficial de escuelas bilingües, siendo una de las razones el hecho de que el Ministerio de Educación estaba copado por leales y sagaces católicos. En cuanto a los protestantes colombianos, la filial estaba satisfecha con ignorarlos como lo había hecho Townsend. El ILV no quería que los creyentes indígenas fueran paternalizados por pastores criollos; era difícil explicar 'el otro lado' de la obra sin arriesgarlo; y los correligionarios colombianos desconfiaban de las evasiones mediante la identidad dual, no menos que de un compromiso para colaborar con sus perseguidores católicos y de un contrato que reconociera el Concordato Vaticano. La División de Asuntos Indígenas sufrió tanta escasez de personal que pronto las dos partes se desatendieron mutuamente: a excepción de una breve orientación oficial en 1966, aparentemente la filial nunca fue solicitada para entrenar a profesionales colombianos{16}. A modo de compensación, el ILV logró cultivar a los políticos pasando por los puestos más altos del poderoso Ministerio de Gobierno.

Circunspectos y autónomos, preocupados por llevar la Palabra a las tribus y criar a sus hijos como norteamericanos, los miembros de la filial se aislaron de la sociedad colombiana. Cuando Estados Unidos ayudó al ejército colombiano a destruir zonas de auto-defensa campesina en 1964-65, transformando milicias en frentes guerrilleros y desperdigándolos hacia los trabajadores de campo del ILV, se veía en ello otro ejemplo de cómo los comunistas frustraban los esfuerzos del gobierno por asegurar la paz y el progreso. Pasando sus vidas en Lomalinda, o entrando y saliendo de los grupos indígenas y concentrándose en el idioma vernáculo, muchos miembros del ILV no lograron aprender un español pasable.

Así como las esperanzas puestas en el matrimonio Liberal-Conservador del Frente Nacional se desvanecían, también lo hizo la correlación de fuerzas de la que Townsend había sacado un contrato. Gradualmente el gobierno se sacudió del Concordato; algunos miembros del clero católico empezaron a oponerse a la colonización; y las universidades graduaron pelotones de lingüistas y antropólogos, cuyas ambiciones de trabajo de campo fueron estimuladas por el ejemplo del ILV. Al debilitarse la justificación [250] anti-Concordato escondida detrás del contrato, se debilitó también la necesidad de expertos extranjeros. Las reivindicaciones indígenas –'unidad, tierra y cultura'– empezaron a contradecir los planes evangélicos. Según un integrante de la Misión Nuevas Tribus, los miembros del ILV descartaban un horizonte político más y más turbio con comentarios como «los ministros saben lo que estamos haciendo».

Notas

{4} Goff 1968:2/15-16.

{5} Uribe 1980:284, 289.

{6} Hefleys 1974:172, 209, 221, 224-5. También Summer Institute of Linguistics/ Wycliffe Bible Translators 1964:67-9, Townsend y Pittman 1975:15-17.

{7} «Colombia, South America, report of visit to, by a team from Special Warfare Center, Fort Bragg, N. C.» NSF 319, John F. Kennedy Library, Boston. Este informe no hace ninguna referencia al ILV o a la manipulación de la religión.

{8} Universidad de Antioquía 1976: 9-1m.

{9} Memorándum sin título, Bogotá, septiembre 1962, Manuel Lucena. Townsend y Pittman 1975:121-2, Hefleys 1974:225-9, y SIL/WBT 1964:69-72.

{10} «WBT in Colombia y Panama», mimeo de WBT 1970 y SIL/WBT 1971:7

{11} Morillo Cajiao 1978.

{12} Bonilla 1972a:71.

{13} Dos años después, en 1972, dos directores de filial, Forrest Zander en Colombia y James Wroughton en el Perú, informaron a sus anfitriones oficiales que «nuestra inspiración y motivación es, invariablemente, cristiana. Sin embargo, no somos una misión religiosa, es decir, no representamos ni propagamos ninguna iglesia o denominación cristiana en particular» (como algunas otras misiones evangélicas). Añadió Zander: «Por lo tanto, no somos una organización 'catequizadora' o 'proseliti' [sta]. En los 23 países donde el ILV trabaja no existe el primer bautizo, la primera congregación ni el primer pastor o sacerdote por iniciativa del ILV»{14}. (La Palabra de Dios y otras misiones fueron las responsables).

{14} Carta del 30 de marzo 1972, de James O. Wroughton a José Guabloche Rodríguez, Ministerio de Educación. Carta del 9 de mayo 1972, de Forrest Zander a Guillermo A. González, DIGIDIC, Ministerio de Gobierno.

{15} Moser 1971.

{16} Este retrato aparentemente cambió a partir de 1971. Según la filial, para 1980 había impartido cursillos y cursos lingüísticos a un total de 376 participantes.

 

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