David Stoll, ¿Pescadores de hombres o fundadores de Imperio?, El Instituto Lingüístico de Verano en América Latina
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La Biblia como arma

Tolo, el hijo del volcán (1936) enfrenta a un bolchevique ruso, indígenas engañados y al Diablo con un misionero, su iluminado ayudante Tolo, el régimen de Ubico y Dios mismo. Durante los años veinte, la estrella alemana sobre Guatemala había sido eclipsada por la norteamericana. Para [75] principios de los treinta, las oligarquías centroamericanas estaban siendo sacudidas por el colapso de sus mercados extranjeros, despidiendo trabajadores y echando abajo los salarios. El portal novelístico del virus comunista es el México revolucionario, al que los terratenientes culpaban por la militancia de sus trabajadores, y donde Townsend estaba a punto de construir su Instituto Lingüístico.

El bolchevique martiriza a Tolo el 21 de enero de 1932, a veces confundido con el día siguiente, cuando miles de indígenas Pipil en el vecino El Salvador se rebelaron contra un dictador conocido como «el Brujo», por su interés en lo oculto. Algunas semanas antes, en Guatemala, el Presidente Ubico había encarcelado a los organizadores comunistas allí, incluyendo a Juan Pablo Wainwright, a cuya ejecución hace referencia la novela de Townsend. No se encontró rusos en ninguno de los dos países. Pero según los Hefley, «con unos pocos hechos cambiados y nombres disfrazados, la gente y los acontecimientos» de la novela «fueron tomados directamente de las experiencias de los Townsend»{99}.

Tolo toma su nombre de Bartolomé de Las Casas, el misionero católico del siglo XVI, 'Protector de los Indios' y pionero del método lingüístico, cuyos pasos Townsend se imaginaba estar siguiendo. Habiendo nacido dentro del sistema de enganche en una plantación, Tolo regresa con su familia a Patzún, donde se hacen protestantes. Una pareja de misioneros, que son claramente los Townsend, lo lleva a su internado en San Antonio. Tolo se convierte en su mejor asistente de traducción Bíblica, se muda con ellos a Panajachel y luego a Estados Unidos (como hicieron dos asistentes de Townsend) para terminar el Nuevo Testamento. Pero una nube cruza este brillante amanecer para la raza indígena. Un joven Quiché regresa de un período de entrenamiento subversivo con un gobernador ateo y rojo de México. Una conspiración está en marcha. Antes que la cincha de carga pueda ser cambiada por libros, las cantinas den paso a las lecherías, la superstición sea disipada por el conocimiento, las capillas de ídolos se conviertan en escuelas, los brujos sean reemplazados por doctores, los buitres por desagües, la mugre por limpieza, y los municipios indígenas se transformen en prósperas comunidades iluminadas por la Buena Nueva, astutos instigadores pueden convertir a las ignorantes y acobardadas masas en una multitud desesperada, bañando a Guatemala en sangre.

Cuando el comunista Quiché alega que la tierra es el primer paso hacia el progreso, Tolo responde que «necesitamos instrucción más que tierras». De hecho, la Biblia es el «arma más confiable» del misionero [76] contra esa «chispa de radicalismo» proveniente de México. «El misionero había trabajado febrilmente para evitar este peligro, siendo la Biblia su arma más confiable», escribió Townsend. «El había confirmado invariablemente que este Libro pondría en fuga a las tinieblas en tanto se permitiera que sus enseñanzas penetraran. A través de su influencia, confiaba ver núcleos de hombres y mujeres vueltos a nacer, formados en todos los poblados para trabajar en favor del progreso. Esto contrarrestaría a los extremistas si éstos llegaran».

Los comunistas ingenuos incorporan a Tolo a su conspiración. El 16 de enero de 1932, un enlace le informa del cónclave final. Dirigidos por un ruso, indígenas de todas las plantaciones se unirán con los artesanos urbanos para golpear al enemigo con revólveres y bombas. Tolo está con el misionero en Patzún, donde una campaña de alfabetización auspiciada por el gobierno está en plena marcha. Cuidando de no informar a su mentor, Tolo va a la capital para revelar la conspiración al Presidente. Como había recibido el Nuevo Testamento Cakchiquel de manos de Tolo el año anterior, éste tiene la esperanza de que el Presidente «haga... alguna promesa de reforma» para disuadir a los rebeldes de sus planes.

En el palacio Tolo se estrella con un coronel, que se sorprende de oír sobre la conspiración. Sólo su declaración de que los rebeldes serán fusilados como Juan Pablo Wainwright disuade a Tolo de contar todo. En su lugar, Tolo ofrece regresar con los detalles si él mismo fracasara en deshacer la conspiración. El coronel lo mete al calabozo, luego lo suelta para hacerlo seguir por la famosa policía secreta del presidente. El 20 de enero, Tolo se quita de encima a la policía y llega a su cita en el ferrocarril del Pacífico.

«Compañeros indígenas», declara Tolo a los rebeldes Mam, Cakchiquel, Tzutujil y Quiché al día siguiente, «es la ignorancia y el vicio lo que nos mantiene bajo el talón de la opresión. La superstición es nuestro Amo... Los saqueadores que ustedes condenan sólo han capitalizado nuestro vicio y nuestra ignorancia. Muy naturalmente ellos han llegado a considerarnos estúpidos animales... Yo conozco una dinamita que hará volar esas cosas del corazón humano. Lleva consigo también la semilla de la nueva vida... Cuando eso suceda con nuestra raza, seremos libres. Nuestro gobierno nos dará escuelas. Obtendremos tierra de manera honesta».

Mientras la asamblea atenta asimila el mensaje de Tolo, el diabólico ruso («las duras líneas de [su] cara se iluminaron con demoníaco placer») le dispara. El Volcán Santa María erupciona y la tierra tiembla, poniendo de rodillas a casi todos los rebeldes y al ruso en fuga hacia México. De El [77] Salvador llegan noticias de los grandes ametrallamientos de los Pipil; el comunista Quiché se rinde a Cristo{100}.

En 1978 esbocé este escenario ante tres viejos protegidos de Townsend en Guatemala. Me dijeron que debía estar equivocado sobre la fecha, ya que nada así pudo haber sucedido hasta después de 1944, año en que Ubico fue derrocado. Una breve revisión de los periódicos sobre la embrionaria red clandestina descubierta por el gobierno de Ubico en enero de 1932, reveló unos pocos asuntos sugestivos: la captura de un hombre que organizaba a trabajadores de plantaciones en Izabal, planes de organizar a mujeres campesinas, supuestas ramificaciones del complot comunista en el altiplano occidental y especialmente en Quezaltenango{101}.

Incluso si la conspiración al sur de Quezaltenango era una fantasía Milenarianista, era en todo caso la versión del fundador de Wycliffe sobre el levantamiento histórico en El Salvador. Townsend había visitado a los Pipil para la Misión Centroamericana en 1926-27. Pensaba que eran más bilingües, menos alcohólicos y menos dados al culto a la naturaleza que los Maya de Guatemala occidental, y que eran también más prósperos, ya que los salarios habían reemplazado al trabajo obligatorio{102}. Al momento del levantamiento Pipil, cinco años más tarde, los Townsend estaban en Guatemala en la Misión de San Antonio. A juzgar por sus cartas, estaban preocupados por la actividad volcánica y por su campaña de alfabetización{103}.

Los Pipil estaban a cargo del reverendo A. Roy MacNaught, de la Misión Centroamericana y anteriormente del Instituto Bíblico Robinson. En los meses que precedieron a la insurrección de enero de 1932, tenía poco que informar, salvo una mayor asistencia a la escuela dominical{104}. La lista de MacNaught sobre las atrocidades comunistas en el pueblo de Juayua sumaba dos muertos y tres heridos. Generalmente los rebeldes estaban más interesados en violar la propiedad de los ricos que en matarlos. [78]

Después de que el levantamiento fue aplastado, MacNaught consideró que los culpables habían recibido su merecido. «No podemos decir que el gobierno fue demasiado severo», escribió acerca de lo que siguió a la liberación del dominio comunista. «Un hombre que abraza doctrinas rojas y que se rebela contra su gobierno, que saquea y quema, merece la muerte». Pero aun así, el misionero se espantó por las represalias masivas e indiscriminadas:

El gobierno determinó (lo debía haber hecho hace tiempo) exterminar completamente al enemigo común, el comunismo. Los soldados registraron primero las casas de Juayua y, dondequiera que encontraron cosas robadas, el hombre de la casa era llevado afuera y muerto. Después de terminar con Juayua, fueron al campo y comenzaron a traer a la gente pobre... Tenían en su poder una lista de aquellos que eran comunistas. Los hombres eran llevados ante estos oficiales y, si sus nombres aparecían en esa lista, eran conducidos al lugar de ejecución... Todo el día (y esto duró varios días) podíamos escuchar tiros en la plaza mientras continuaba el trabajo de ejecución.

En el pueblo de Nahuizalco, informó MacNaught, trescientos hombres que fueron mandados a la plaza para «conseguir... sus documentos de identidad», fueron ametrallados cuando trataron de escapar. Cuatrocientos muchachos fueron puestos en fila y fusilados en un mismo día. Un mes más tarde, él se enteró que 2,500 hombres habían sido ejecutados sólo en ese pueblo.

Lo que resultaba más difícil de explicar para MacNaught era que él debía sus numerosos conversos muertos, no a los comunistas, sino al gobierno. Tal vez por eso vaciló en calificarlos como mártires. Al segundo día de liberación, una conversa le entregó las escrituras de su cabaña «porque ella temía que los soldados se las fueran a quitar». El esposo de la mujer había sido muerto en el camino después de haber recibido la orden de presentarse en el pueblo. Pedro Bonito, el amado predicador de MacNaught fue ejecutado después de ser denunciado como comunista. Pronto MacNaught, supo que la liga de defensa ladina de Nahuizalco había rodeado a todos los protestantes que pudieron encontrar y los habían matado; violaron la capilla; quemaron todas las biblias; y robaron los muebles. Como si [79] eso no fuera suficiente, la liga de defensa hizo saber a MacNaugth que si regresaba lo matarían a él también{105}{106}.

Este es un retrato muy diferente del que Townsend pintó en su novela. Los rebeldes salvadoreños no tocaron las iglesias católicas, ni a los sacerdotes católicos, al Reverendo MacNaught o a sus templos. Dado que la Internacional Comunista había desatendido a sus afiliados en Centroamérica (se suponía que las condiciones revolucionarias no estaban dadas), los únicos extranjeros que gastaban grandes sumas en promover su ideología eran los misioneros. Más importante aún, en su novela Townsend trastocó las probables lealtades de los protestantes indígenas en cualquier levantamiento. Como escribió el dueño de una plantación en El Salvador, en una profecía autorrealizada, «no había ni un sólo indio que no estuviera afligido por el comunismo devastador»{108}. Acerca de los mortales rumores después de la liberación, de que los Nuevos Testamentos eran «propaganda comunista» y que los protestantes habían sido los cabecillas, MacNaught admitió que «el hecho de que algunos creyentes estuvieran mezclados en el asunto, le da visos de verosimilitud a su afirmación»{109}. En el pueblo de Izalco, dos ladinos evangélicos lideraron el levantamiento junto con los ancianos Pipil{110}.

Notas

{99} Hefleys 1974:85.

{100} Townsend 1936:350, 394, 434, 437.

{101} Ciudad de Guatemala: p. 3 Nuestro Diario 30 de enero 1932; p. 1 El Liberal Progresista 30 de enero 1932; y pp. 1, 6 El Imparcial 29 de enero 1932.

{102} pp. 3-5 Central American Bulletin 15 de enero 1929.

{103} pp. 11, 16-7 ibid 15 de marzo 1932.

{104} p. 13 ibid 15 de enero 1932.

{105} MacNaught 1932.

{106} Thomas Anderson estima que los rebeldes no mataron a más de 100 personas, incluyendo a policías y soldados. Sin embargo, solo pudo documentar cuarentaitrés muertos. Los estimados de las represalias oficiales llegan a cuarenta mil muertos, pero Anderson cuestiona esto, sugiriendo entre ocho y diez mil, por razones logísticas tales como la disponibilidad de municiones por parte de las fuerzas del gobierno{107}.

{107} Anderson 1971:135-6.

{108} Ibid p. 17.

{109} MacNaught 1932:26-7.

{110} Anderson 1971:117.

 

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