David Stoll, ¿Pescadores de hombres o fundadores de Imperio?, El Instituto Lingüístico de Verano en América Latina
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Venga a nosotros tu reino

El imperialismo europeo y norteamericano ha estado acompañado por una misión cristiana apocalíptica, que identifica la marcha del imperio con el acercamiento del fin del mundo. Para ciertos visionarios, el contacto con pueblos desconocidos de Asia, África y América ha puesto a la cristiandad en el umbral de Revelaciones 7:9, donde Juan vio una multitud «de naciones, razas, pueblos y lenguas» ante el Cordero de Dios. En la España del siglo XVI y la América del Norte del XIX, la nación imperial se ha convertido en el Pueblo Elegido destinado a evangelizar al mundo. Como la consumación final de la historia, esto ha sido concebido para preparar el camino para el Reino Milenario, el reinado de mil años de Cristo en la tierra. Las profecías bíblicas de un espantoso tiempo de infortunio, la Segunda Venida de Cristo y el Reino Milenario (no necesariamente en ese orden) serán seguidos del Juicio Final, un nuevo cielo y tina nueva tierra. Alimentados por la convicción de que el mundo tal como lo conocen está en sus últimos días, las misiones apocalípticas han identificado las recompensas y las desgracias del imperio con el milenio y las tribulaciones que lo acompañan{3}.

Con los últimos pueblos por alcanzar como objetivo, Guillermo Townsend y los Traductores Wycliffe de la Biblia son parte de esta tradición. Pero Wycliffe generalmente deja que las implicaciones sean deducidas por aquellos que lo deseen: se dice que no exige ninguna interpretación particular. La abierta vehemencia por el fin del mundo no sólo perturbaría a mucha gente de buena voluntad, sin hablar de los gobiernos; la expectativa del milenio debe ser mantenida bajo control para atraer miembros de un espectro amplio de iglesias y evangelizar correctamente. Tampoco pretende Wycliffe representar al Pueblo Elegido, un honor que plantea dificultades teológicas y de reclutamiento. Pero la tarea ha recaído mayormente en una nación, y Wycliffe en particular se ve impulsado por esta urgencia. Tal vez regrese el Señor en cualquier momento y condene a los que no han sido alcanzados, lo que exige un esfuerzo inmediato para rescatarlos. O tal [46] vez el Señor esté esperando a que se concluya la traducción universal de la Biblia en cumplimiento de Mateo 24:14, una postura abrazada por Townsend e incluso por el boletín de Wycliffe en un momento de descuido: «Esta Buena Nueva del Reino será proclamada por todas partes del mundo... y luego vendrá el fin»{4}. Según este punto de vista, la traducción de la Biblia acelerará la Segunda Venida. Se espera que aquellos de nosotros que no hemos creído no estemos muy alegres.

Curiosamente, nunca hay tanta razón para apurarse o un signo más claro del acercamiento del fin, que con la revolución social. El cristianismo primitivo que los evangélicos creen sostener era, después de todo, una religión de los oprimidos: el Reino era inminente y no prometía mucho para los ricos y poderosos. Las visiones de un cielo y una tierra nuevos siempre han surgido de grupos que obviamente necesitaban algo, y no de aquellos que disfrutaban el presente. Tantos profetas harapientos han prometido que la historia está marchando hacia la justicia divina, más allá del sentido cristiano, que ‘milenarismo’ se refiere a cualquier esquema que ofrezca un fin a esta era del mal, en el ambiguo terreno de un nuevo mundo. Como se ha reportado para casi todas las partes de la tierra, en dichas tradiciones la fe estalla y se apacigua a lo largo del tiempo, llevando esperanzas para este mundo envueltas en el místico lenguaje del próximo{5}.

En los Andes los campesinos creen que el Inca, el dios-rey desmembrado por los españoles, está creciendo nuevamente bajo la tierra y vendrá algún día a liberar a su pueblo. Así también lo hará el rey Tecun Uman en Guatemala. Del mismo modo como los primeros cristianos no intentaron vencer a las legiones romanas, los milenaristas generalmente no han tomado las armas; son demasiado débiles. Sin embargo, invariablemente se movilizan en contra de la desorganización social restaurando la tradición, reinterpretándola o incluso rechazándola en favor de una nueva religión que herede algo de la antigua. En la medida en que la oportunidad se presente, un proyecto místico puede convertirse en una lucha por hacer el mundo mejor aquí y ahora.

Como la ideología secular de protesta, el milenarismo es un bicho voluble. Mientras repudia el orden social, debe o diseñar uno nuevo o llegar a algún arreglo con el antiguo, de modo que, con el tiempo, no sólo protesta sino se conforma, no sólo condena sino santifica al orden social con la [47] promesa mística. Las implicaciones políticas toman forma según las fortunas sociales de los creyentes. Los Quechua, que en algunos lugares escenifican la muerte y el levantamiento del Inca en sus rituales, han hecho del rey-dios muerto un símbolo para la actual era de oscuridad y sufrimiento que deben soportar. El Inca resurrecto cambiará todo eso{6}. Pero entre los evangélicos norteamericanos, que han encontrado su tierra prometida sin subvertir el orden social, la expectativa milenarista ha sido asociada con la prosperidad y el privilegio del imperio. La esperanza del fin de esta era del mal se traduce de buena gana en apoyo al militarismo y a la contrarevolución.

Los frecuentes encontrones entre el milenarismo misionero y el del indígena sugieren también una habilidad de comunicarse a través de la creencia compartida en el poder espiritual. La novela de Townsend de 1936 ilustra esto de una manera indirecta: mientras el conflicto con el ateísmo comunista (¡Destruyan los templos! ¡Viva el Demonio!) y el respeto Maya por la religión ayudan al mártir Tolo a abortar el levantamiento, en la rebelión histórica salvadoreña de 1932 las ideas comunistas llegaron a los Pipil a través de sus cofradías{7}. En realidad, la mayor parte de las rebeliones indígenas de Centroamérica desde la conquista española han estado asociadas a «santos parlantes», imágenes imbuidas de poder sobrenatural que predican la revolución campesina a través de intérpretes humanos{8}. Si Townsend no hubiera estado comprometido en polémicas anti-bolcheviques, un santo Maya y su intérprete habrían tomado el lugar del improbable instigador ruso de la novela. En los rebeldes cayendo de rodillas ante el agonizante evangelista, tenemos una lucha entre esquemas milenaristas rivales en la que el camino evangélico hacia la liberación sale victorioso. En lugar de enfrentar a las metralletas del ejército, algunos de los rebeldes se rinden ante Cristo.

La novela de Townsend dramatiza el floreciente movimiento evangélico que él dejó atrás en Guatemala. Si fuéramos a tomarla literalmente, él habría desviado el piadoso revolucionismo de los campesinos hacia un esquema norteamericano de pacificación. Pero a principios de los cincuenta los Maya protestantes, herederos en la vida real del mártir anticomunista novelístico, se estaban organizando para tomar tierras de fincas. Pronto debieron sus fugitivos, prisioneros y mártires de la vida real, no a la [48] persecución comunista sino a una contra-revolución organizada por el gobierno norteamericano. Simultáneamente, algunos protestantes Maya cumplían las expectativas de Townsend como mariscales del progreso, al convertirse en los hombres más ricos de sus pueblos. En 1970 un misionero presbiteriano describió a las iglesias protestantes de Guatemala como «claramente anti-comunistas». Eran tan reticentes a discutir las cuestiones sociales que los jóvenes protestantes que trataron de plantearlas estaban siendo expulsados por subversivos{9}. Una década más tarde, en la primera guerrilla indígena dirigida por marxistas en América Latina, el altiplano occidental de Guatemala se levantó contra sus ataduras. ¿Estaba siendo reivindicada la visión townsendiana de contra-insurgencia bíblica? En las palabras de un observador evangélico, entre los católicos y los protestantes la Biblia y no Das Kapital es la fuerza motivadora detrás de la resistencia popular a la represión oficial»{10}. Teniendo en mente el conflicto entre las aspiraciones misioneras y las de los conversos, dirijámonos a la herencia religiosa que Guillermo Townsend llevó consigo a Guatemala.

Notas

{3} Sobre milenarismo español del siglo XVI, ver Phelan 1956.

{4} Por lo demás, Wycliffe se limita a citar Revelación 7:9 (por ejemplo, Cowan 1979:203), pero Townsend (p. 5 Translation verano 1955) y Translation (p. 11 setiembre/octubre 1974) han citado Mateo 24:14, como si estuvieran hablando por la institución.

{5} Wilson (1975) da muchos ejemplos.

{6} Nathan Wachtel, en Ossio 1979:39, 45-9.

{7} Anderson 1971:20.

{8} Diener 1978:109.

{9} Emery 1970:5/54.

{10} p. 58 Christianity Today 4 de setiembre 1981.

 

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