David Stoll, ¿Pescadores de hombres o fundadores de Imperio?, El Instituto Lingüístico de Verano en América Latina
←  Quito 1985 • capítulo 1 • páginas 37-40  →

Interpretaciones populares de la traducción bíblica

La Agencia Central de Inteligencia (CIA) se convirtió en la explicación popular del poder casi inamovible del Instituto Lingüístico en los ministerios de varios gobiernos. Como en una novela de espionaje, existía una red mundial de aviones, radios y lingüistas, en su mayoría norteamericanos, en regiones remotas, pero a la larga estratégicas. Tenían fuertes lazos con minorías étnicas descontentas y eran profundamente estimados por los militares locales. Ellos conocían a la población, idiomas, costumbres y recursos de sus áreas como tal vez ningún otro. Su sola presencia servía como un sistema de advertencia para cualquier crisis; propagaban un Evangelio de paciencia; y de manera voluntaria o bajo presión de los funcionarios locales, estarían disponibles para una emergencia.

No había pruebas, pero los recursos potenciales de la CIA ciertamente no llevan etiqueta. Después de décadas de observar cómo los norteamericanos tildaban cualquier objeción a su hegemonía como inspirada por Moscú, muchos latinoamericanos perdieron la paciencia. Ya no les importaba la distinción entre los objetivos de distintos norteamericanos, las variadas funciones que éstos cumplían, o lo que pensaban hacer, lo que habían hecho en otros lugares, lo que estaban en posición de hacer en el país, o lo que efectivamente habían hecho.

Las acusaciones de espionaje fueron acompañadas de muchas otras, a menudo basadas en actividades ilegales de «gringos» que se suponía pertenecían al ILV, o en interpretaciones populares del comportamiento de sus miembros. Un traductor perforando un pozo de agua podía convertirse en un saqueador de la riqueza mineral del país. Ya que el ILV había tratado de ocultar el hecho de que era una misión evangélica, tal vez hubiera un segundo nivel de duplicidad que ocultara mucho más. Si detrás de la fachada académica había una secta religiosa, quizás detrás de ella había objetivos geopolíticos como detectar minerales y crear zonas de influencia para controlarlas.

Inspirados en la muy amplia definición del ILV de lo que es traducción Bíblica, los teóricos de la conspiración interpretaron sus actividades en términos de corporaciones transnacionales, mafias de drogas y secciones [38] de espionaje de las embajadas de Estados Unidos. Todas estaban condensadas en una sola organización, misteriosa y omnipotente, que operaba con virtual independencia de los gobiernos anfitriones y hasta en contradicción con sus metas. Tanto en la prensa como en la imaginación popular, un grupo de traductores de la Biblia se había convertido en auxiliar de los Boinas Verdes, contando con facilidades especiales para el lavado de cerebros y la esterilización, sin mencionar un inventario completo de la riqueza mineral y botánica del país. Supuestamente estaba «convirtiendo» idiomas nativos en códigos militares, aislando los campos petroleros nacionales y condicionando a los indígenas para dar la bienvenida a los Marines norteamericanos. Para aquellos con preocupaciones antropológicas, una estela de destrucción seguía al paso del ILV. Primero aislaban a los indígenas de la nación, luego derrumbaban los cimientos de su cultura e impulsaban valores norteamericanos. Finalmente, diseminaban sus desorientados conversos en los burdeles y haciendas más cercanos, mientras las corporaciones estadounidenses se apropiaban de sus tierras.

Las implicaciones de esta lógica reduccionista eran que expulsando a unos pocos cientos de imperialistas se resolvería la mayor parte de los conflictos entre los indígenas y todos sus demás colonizadores. No se veía tampoco la necesidad de preocuparse por las medicinas y escuelas que el ILV proporcionaba a algunos grupos que, por el momento, no podrían obtenerlas en ningún otro lugar. Un observador de Survival International, un grupo con poca simpatía por las misiones evangélicas, se refirió a la campaña contra la filial peruana como «fundamentalmente nacionalista. y poco consciente de los verdaderos efectos que el ILV tiene sobre los indígenas... (muchos de los argumentos anti-ILV eran exagerados e incluso falsos). Que el ILV 'fuera un órgano del imperialismo gringo y que enseñara a los indígenas a ser gringos antes que peruanos' resume mucho del cabildeo anti-ILV... Si el ILV abandonara el Perú en un corto plazo, una serie de servicios que los indígenas ahora consideran necesarios tendrían que ser suspendidos (especialmente en el campo de la salud). Los críticos del ILV parecieran estar poco preocupados por la forma en que serían reemplazados. El asunto es muy complejo»{42}.

Cuando los gobiernos aceptaron la oferta del ILV para integrar, educar o mejorar sus poblaciones nativas, los norteamericanos establecieron alianzas con algunos sectores indígenas contra los explotadores locales –y, por extensión, contra el conjunto de las sociedades latinas racistas y colonizadoras. No importaba cuán saludable pudiera parecer esto desde el punto de vista oficial, extranjeros ricos y sectarios prosperaban en comunidades [39] nativas donde ciudadanos del país no eran bienvenidos. Si este espectáculo enloquecedor resultaba ser una táctica divisionista del imperialismo norteamericano, entonces la defensa de la nación exigía la expulsión del ILV. Y si el ILV había explotado, alienado y engañado a los nativos de modo que éstos terminaran apoyando al imperialismo, tal vez entonces éstos necesitaran una liberación forzosa. Los antiimperialistas que actuaron bajo esta lógica resultaron promoviendo la causa de los traductores, no la suya propia. Forzados a elegir entre torpes, impredecibles y tal vez letales paternalistas nuevos y aquellos antiguos pero más confiables, los indígenas eligieron a éstos últimos. Tal vez el ILV pudiera evitar que el ejército violara a sus mujeres. El colonialismo interno dio a los traductores una razón de ser permanente. Esta se reforzó en la medida en que llevaron a los nativos hacia una mayor dependencia y crearon nuevas necesidades, que seguirían justificando su presencia hasta aquel lejano momento en que hubieran «estudiado» (propagado una iglesia en) cada idioma nativo.

Acusando al ILV de toda posible falta, los nacionalistas hicieron de él un chivo expiatorio del colonialismo interno. Si bien pensaban que la cultura indígena debía ser protegida, probablemente no consideraban protegerla al costo de toda esa madera y petróleo que podría reducir el déficit de la balanza de pagos. Por lo tanto, los indígenas debían ser integrados a la nación. Atacado con argumentos proteccionistas e integracionistas, el ILV fue acusado de: 1) violar la cultura indígena y debilitar así su resistencia frente al colonialismo; y 2) dividir a los pueblos nativos de la nación, obstaculizando así su integración a la misma sociedad destructiva y colonizadora{43}. El ILV bien podía hacer ambas cosas, pero sólo mientras contara con sus alianzas con indígenas en contra de los colonizadores latinoamericanos. Mientras el ILV fuera culpado por el colonialismo interno y sus alianzas con los indígenas ignoradas, también se ignoraría la base del problema. La «nación» debía triunfar sobre el «imperialismo» en un momento en el que, como reacción al crónico racismo, muchos indígenas comenzaban a demandar reconocimiento como nacionalidades en su derecho propio.

La militancia indígena era la real preocupación para los gobiernos: habiendo considerado al ILV como profilaxis contra la intranquilidad social, debían ahora tratar de usar campañas contra éste para establecer un control más efectivo sobre la población nativa, y desalentar así posibles [40] desafíos de parte de este sector. Los rivales del ILV estaban en una posición de lo más ambigua: mientras que generalmente apoyaban las reivindicaciones nativas, más de uno esperaba reemplazar al ILV con un aparato estatal más grande, administrado por ellos mismos, lo que significaría a la larga la expansión de un tipo de régimen que ellos mismos habían criticado por su corrupción, ineficacia y racismo. Mientras trataban de resolver la contradicción entre la autodeterminación indígena y la expansión estatal, entre los indígenas y ellos mismos, las iniciativas oficiales alternaron no sólo las saludables, sino las problemáticas y las definitivamente desagradables. Sea que estas controversias fueran atribuidas en última instancia a Washington o Moscú, las teorías conspiracionistas de izquierda y derecha llevaron a una misma conclusión: sólo el fuerte brazo del Estado podría conjurar una amenaza oscura pero monstruosa. Las competencias de maldiciones entre dos invocadores celosos ante el ser supremo del Estado, podrían llevar fácilmente a medidas más represivas en contra de los indígenas.

Fue en medio de estos debates políticos que el argumento más popular contra el trabajo misional –«dejen a los nativos en paz»– deleitó al Instituto Lingüístico. Por décadas, el ILV ha contestado de manera irrefutable que la civilización, ahora cambio cultural, es «inevitable». El salvaje feliz encuentra su destino en una epidemia mortal de contacto. Ofreciendo su propia medicina, los miembros del ILV acusan comúnmente a los antropólogos de querer aislar a los indígenas como especímenes culturales, como animales en un zoológico, en lugar de ayudarlos a adaptarse a los cambios, cosa que el ILV afirma hacer{44}. «Algunos antropólogos sólo quieren que los nativos sigan como siempre han sido, cortando cabezas», declaraba frecuentemente Guillermo Townsend{45}. Sin embargo, el asunto no era simplemente que el ILV estaba cambiando a los indígenas. Se trataba de cómo el ILV moldeaba el cambio y los intentos de los pueblos nativos por defenderse. Cualquiera fuera el resultado inevitable, el ILV –con su agenda secreta de sembrar iglesias, su arrolladora falta de respeto por la tradición religiosa, y su sesgo en contra de la movilización política– no era inevitable.

Notas

{42} Corry 1977a.

{43} Aaby y Hvalkof (1981: 176-7) anota la contradicción entre críticas «desarrollistas» y «tradicionalistas» al ILV.

{44} Para una clasificación de los muchos grupos que dicen apoyar a los pueblos indígenas, ver Bodley 1982: 191-216.

{45} pp. D1, 6 Arizona Daily Star 26 de diciembre 1981 y pp. 8-18 Today's Mission (Pasadena, California) enero/febrero 1982.

 

←  David Stoll¿Pescadores de hombres o fundadores de Imperio?  →

© 1982-2002 David Stoll • © 2002 nodulo.org