David Stoll, ¿Pescadores de hombres o fundadores de Imperio?, El Instituto Lingüístico de Verano en América Latina
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Hacerse todo a todos

«Si todos los miembros de una familia son estudiantes, esto no quiere decir que su hogar sea una escuela. Aun cuando en el ILV todos los miembros fundamenten sus convicciones en la Biblia, esto no los constituye en una iglesia organizada o en un grupo religioso... El ILV se niega a aceptar la [34] connotación de 'misionero' en el sentido confesional e institucional en que la prensa... emplea el término.»
   John Alsop, Director del ILV en México, 1979

«Nosotros no consideramos que el trabajo de nuestros miembros en algún idioma esté completo hasta que algunos del grupo local sean capaces de leer la Palabra escrita y exista un núcleo de creyentes que pueda continuar por su cuenta o con otro grupo evangélico...»
   George Cowan, Presidente de TWB, 1979{34}

El Instituto Lingüístico nunca ha explicado que en cada idioma que estudie deberá surgir un núcleo de creyentes, pero tras 45 años los resultados ya no parecen casuales. Gracias a declaraciones como las de John Alsop, muchos latinoamericanos se niegan a creer una palabra de lo que dice el Instituto Lingüístico: si éste pretende negar ser un grupo religioso, debe estar compuesto por ultrajantes mentirosos. Lo que el Instituto Lingüístico no puede admitir, pero justifica todo, es que se trata de una misión de fe –en realidad, una secta religiosa expedicionaria. Como cualquier grupo de este tipo, el ILV/TWB rechaza la etiqueta: ¿Cómo puede ser sectario divulgar la única y verdadera revelación? De acuerdo a un sociólogo, las sectas se consideran a sí mismas como una elite con fronteras bien delimitadas, aplican rigurosos parámetros a los postulantes que buscan ser admitidos; demandan lealtad absoluta a una verdad superior; y expulsan a los descarriados{35}. Es así como actúan misiones de fe como el Instituto Lingüístico, el cual expulsó en 1968 a un miembro científico por hereje. En vista de la animadversión que las misiones de fe generan, no es coincidencia que la más extendida en el mundo sea un «instituto», supuestamente no sectario, que para los tiempos en que el testimonio cristiano no tiene éxito, se atrinchera en las burocracias de gobiernos extranjeros.

La identidad dual es una ficción versátil. Una y otra vez ha salvado a lingüistas no-sectarios y a traductores no eclesiásticos de la Biblia, mientras fomentaban nuevas iglesias evangélicas. El ILV/TWB cree que las «dos organizaciones» sólo reflejan sus dos roles, el científico y el cristiano. Sin embargo, este arreglo constituye la racionalización de un sistema santificado de negación plausible. Las presentaciones oscilan entre dos «lados», [35] «contextos», «roles» o «énfasis», ya sea de ILV o TWB. «En espera del momento fijado por el Señor para dar su testimonio» –lo cual equivale a recurrir a ardides semánticos de crucial omisión y estratégica ambigüedad– el ILV/TWB niega información que podría disgustar a sus diversas audiencias{36}. El hecho de distinguir entre «dos organizaciones» permite la oportuna retractación. «Cuando dije eso –podría explicar un integrante– yo estaba hablando en el contexto de nuestra organización hermana.»

En Sudamérica han surgido dos fases en el uso que el ILV hace de las credenciales científicas para proteger sus contratos con los diferentes gobiernos. Durante la fase «clandestina», Guillermo Townsend llegó a negar que el ILV tuviera una misión religiosa y que estuviera relacionado con TWB. Incluso después de admitir que sus lingüistas esperaban poder traducir la Biblia, afirmó que estos no eran realmente misioneros. Hasta ese momento, TWB había descrito al ILV como una subsidiaria ante sus sostenedores norteamericanos; de ahí en adelante se convirtieron en dos organizaciones «afiliadas», con metas supuestamente distintas. La fase de las «dos organizaciones» ha prevalecido desde entonces. Como reportó Richard Chase Smith desde el Perú: las dos identidades «son mantenidas muy separadas, reservando cada cual para una audiencia determinada; revelando cada cual de acuerdo a la imagen requerida en cada situación»{37}.

El hombre que inventó la doble identidad, Guillermo Townsend, sostuvo siempre que él confiaba profundamente en el Señor. «Su principal defensa» –escribió sobre sus métodos en 1948– «es que han funcionado». Sin embargo, el crédito le pertenecía al Señor, como fue evidenciado por muchos milagros –golpes de buena fortuna política o financiera– que Townsend propagandizó como disposición divina, aun cuando generalmente él mismo había hecho estos arreglos. Diez años más tarde Townsend explicó que, ya que Wycliffe llevaba sus «deseos espirituales a Dios en la oración», el éxito significaba que el Señor había abierto la puerta{38}. De este modo Townsend santificó sus intrigas como directivas divinas, las institucionalizó con la identidad dual e inició a sus miembros en un sacro sistema de malinformación.

Partiendo de los principios básicos del fundador, aquellos de Wycliffe pueden ser resumidos como confianza en el Señor, y en cualquier cosa útil para llevar a cabo su obra. Gracias a esta combinación de lo [36] piadoso y lo oportuno, aquello que sirve a los fines de Wycliffe se convierte en voluntad divina. En La palabra que enciende (1979) escrito por el ex-presidente de Wycliffe, George Cowan, uno se ve impresionado por la poderosa racionalidad de la organización y por su habilidad para identificar precedentes en las Escrituras para todo lo que hace. Dedicado a la traducción de la Biblia, a la lingüística y al servicio cristiano no sectario, el programa parecería ciertamente bueno. Pero aunque asentado sobre creencias evangélicas clásicas, el ILV/TWB ha tenido que reinterpretarlas ligeramente para santificar su identidad dual y sus contratos con los gobiernos. De su lectura del Nuevo Testamento, por ejemplo, Cowan concluye que Cristo «nunca defendió la rebelión, de actitud o de acción, en contra de las autoridades imperiales o locales». La doble identidad, sugiere él, se adecua a la política del Apóstol Pablo de «hacerse todo a todos», lo cual considera es una «legítima expresión de... libertad en Cristo»{39}. Finalmente, a diferencia de la mayor parte de otros evangélicos, el ILV ha utilizado su fe en el poder de la Palabra de Dios, en el Espíritu Santo y en la libre voluntad, para eludir su responsabilidad en las conversiones. «No fuimos nosotros sino el Señor quien produjo todas aquellas congregaciones –podría explicar un integrante– y por ello no somos una misión religiosa.»

Dado que la metafísica evangélica no impresiona a los no creyentes, las credenciales científicas siguen siendo la principal línea de defensa del ILV. Cuando eso falla, se refugian en una metafísica de mayor sintonía, una perspectiva de libre empresa de pueblos nativos como mercado para las ideas, donde el individuo es libre de elegir o rechazar una «alternativa»{40}. Según esta lógica, la traducción de la Biblia sólo ofrece a los pueblos nativos una elección entre sus antiguas creencias religiosas y la cristiandad. El ILV deduce de esto que así se da prioridad al individuo sobre el Estado, mientras que la política es una lamentable interferencia en su labor humanitaria, y la oposición a su programa una violación de la libertad religiosa{41}. Esto, no obstante los contratos del ILV con gobiernos para el «mejoramiento moral» de los indígenas, el poder clientelista que esgrime y su determinación de ver un núcleo de creyentes en torno a cada Nuevo Testamento. Sin considerar si las comunidades nativas están dispuestas a aceptar la presentación de alternativas propuestas por el ILV, éste u otro hermano evangélico persistirá hasta que algunos hayan sido ganados para [37] el Señor. Confiados en su Señor y en la ideología de la libre empresa, los miembros encuentran difícil creer que gente moral y bien informada pueda oponerse a sus planes. Les es fácil creer que Satanás es el responsable de los problemas que se les ha creado.

Notas

{34} Alsop 1979: 7 y Cowan 1979: 253.

{35} Wilson 1970: 26-35.

{36} Townsend y Pittman 1975: 82.

{37} Borrador de Smith 1981.

{38} Townsend 1948: 87 y Hall 1959: 154.

{39} Cowan 1979: 132,215 (I Corintios 9: 22).

{40} Judith Shapiro (1981: 143) contrasta este punto de vista con el de los misioneros católicos que intentan «decolonizar» su trabajo.

{41} Las implicaciones se presentan en Merrifíeld 1977 e In Other Words de febrero de 1980.

 

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