David Stoll, ¿Pescadores de hombres o fundadores de Imperio?, El Instituto Lingüístico de Verano en América Latina
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La muerte de un traductor de la Biblia

El Señor –los amigos de Chester Bitterman se dieron cuenta después de su muerte– lo había estado preparando desde un principio para este trance. Dos días antes de su secuestro, ¿no había mencionado que tal vez fuera necesario que alguien muriese para llevar la palabra de Dios a los indígenas de Colombia? «Sé que esa era la misión que Dios le había reservado a Chet» –declaró su viuda. «¡Era un elegido!»{1}. Bitterman había sido elegido para ser mártir. Cuando los secuestradores le dispararon al corazón el 7 de marzo de 1981, le concedieron un honor que antes sólo había estado reservado a los misioneros católicos, a quienes los gobiernos habían eliminado por protestar contra el terrorismo de Estado. Los protestantes evangélicos norteamericanos raras veces han cometido ese delito: además de aconsejar a los conversos que eviten la política, muchos sienten la necesidad de revelarles la unidad mística existente entre los movimientos de protesta y el demonio. Se afirmaba ahora por primera vez que los guerrilleros latinoamericanos habían asesinado a un misionero por pertenecer a un supuesto frente constituido por la CIA.

La organización de la que Bitterman formaba parte, los Traductores Wycliffe de la Biblia, es una de las más grandes entre centenares de empresas norteamericanas dedicadas a evangelizar el mundo. Al presente ritmo, el número de misioneros protestantes evangélicos que provienen de los Estados Unidos se duplicará en la próxima década, llegando a unos ochenta mil{2}. En aquella expedición, el papel de Wycliffe era traducir el Nuevo Testamento para los pueblos donde la palabra de Dios no había llegado. [18] Esta tarea se ha convertido en la operación lingüística más ambiciosa del mundo. Al ritmo actual de avanzar a un nuevo idioma cada diez días, en 1984 el misionero número cinco mil de Wycliffe debería estarse ocupando de su idioma número mil{3}. En aquella expedición esperaban cumplir con la Gran Comisión –«Id y ganad discípulos en todas las naciones»– para fines de este siglo{4}. Muchos miembros creen que cuando hayan surgido iglesias en todos los pueblos, Jesucristo volverá para reinar sobre la tierra durante mil años.

Mientras el Señor tarda en llegar, sus emisarios se ven involucrados en los grandes movimientos sociales de nuestro tiempo. Estableciendo vínculos que van del nivel local al internacional, las misiones cristianas cubren necesidades que no pueden satisfacer los gobiernos. Aun en aquellos lugares donde las misiones ya no gobiernan reinos de Dios en la tierra, ejercen autoridad espiritual en terrenos disputados. En una época en que la religión demuestra una gran capacidad para movilizar a los pobres, las misiones están atentas al pulso de la revolución social. Como pocos otros foráneos en el Tercer Mundo, los misioneros poseen aquí en la tierra, el poder de apoyar o impedir, bendecir o condenar, la lucha por un mundo mejor.

Es este el enfrentamiento que le costó la vida a Chester Bitterman. Las lenguas que Wycliffe estudia son habladas por cazadores y agricultores indígenas. Son codiciadas tanto sus tierras como sus almas, pero los indígenas están organizándose para su defensa y, desde el punto de vista de los grandes poderes de este mundo, están listos para la subversión. En las ondulantes praderas del Este de Colombia, donde Wycliffe sepultó a su traductor, los guerrilleros, los narcotraficantes y las tropas gubernamentales se disputan las ganancias y la supremacía. Mientras los ganaderos invaden tierras indígenas y las empresas norteamericanas descubren petróleo, misioneros que profesan ideologías hostiles compiten por ejercer influencia sobre indígenas que se vienen organizando en cooperativas, congregaciones y consejos.

Aquí y en otras regiones indígenas de América Latina, Wycliffe ha diseminado misioneros lingüísticos en 360 idiomas, apoyado por su propia red de aviación y radio, y patrocinado por los gobiernos. Si bien ha perdido algunos convenios oficiales que tal vez no logre recuperar, y ha conservado otros gracias a lo que considera intervención divina, a mediados [19] de la década del setenta Wycliffe era una dependencia oficial de los gobiernos de México, Guatemala, Honduras, Panamá, Surinam, Colombia, Ecuador, Perú, Bolivia y Brasil. A menos que todas las órdenes misioneras de la Iglesia Católica sean consideradas como una sola, ninguna otra organización transnacional superaba su influencia entre los indígenas. Ninguna podría competir con su sistema logístico, sus conexiones oficiales y su dominio de las lenguas nativas. Tampoco organización alguna chocaba de manera tan espectacular con los nuevos movimientos políticos indígenas ni con el nacionalismo latinoamericano. Es así que los lazos que unían a este imperio con pueblos nativos y gobiernos comenzaban a resquebrajarse.

Para los benefactores de los indígenas, la década de los setenta resultó competitiva. Después de haber abierto terreno para muchas de las reivindicaciones indígenas, los misioneros e indigenistas se encontraron atrapados entre militantes indígenas y gobiernos atemorizados, a menudo brutales. Los convenios gubernamentales que Wycliffe poseía, así como su teología fundamentalista, pusieron al grupo en una situación particularmente incómoda. Pensando antes que nada en la eternidad –¿Irían sus protegidos al cielo o al infierno?–, los traductores continuaban utilizando los idiomas de los pueblos nativos para combatir sus tradiciones religiosas. Mientras muchos indígenas buscaban unidad alrededor de estas tradiciones, tratando así de superar sus diferencias, Wycliffe se propuso apartar a los que se habían salvado de aquéllos que seguían condenados. Para defenderse, algunos indígenas desafiaban a sus gobiernos; Wycliffe, en cambio, consideraba que los indígenas debían obediencia a sus patrocinadores oficiales ya que actuaban por mandato divino. Fue así como los traductores de la Biblia comenzaron a ser tema cotidiano de las agendas de los congresos indígenas, por considerárseles una amenaza a su unidad, su tierra, su cultura y su liberación.

A medida que las agrupaciones indígenas se declaraban en abierta rebeldía, vacilaban, o simplemente se mostraban como presa fácil, adquirieron nuevos matices las luchas de clientelismo: es decir, las luchas incesantes entre grupos externos por conseguir la adhesión de los indígenas y el respaldo oficial. Mientras Wycliffe continuaba proclamando su lealtad al viejo régimen, algunos de sus rivales empezaban a apoyar las tradiciones indígenas y la defensa militante de su tierra. Una nueva generación de evangelizadores, indigenistas, revolucionarios y agencias gubernamentales invadió las comunidades nativas, empeñados todos ellos en reclutar a los indígenas para proyectos contradictorios. Nuevas alianzas entre indígenas y sectores de la sociedad colonizadora entraron en competencia con las antiguas. [20]

En esta nueva época, las luchas clientelistas encendieron la ira nacionalista que empezó a sacar a Wycliffe de sus fortalezas estatales. Los conflictos entre traductores e indígenas se entremezclaron con las luchas por el poder entre Wycliffe y otros benefactores de los indígenas: comités universitarios, periodistas y políticos se hicieron eco de estos conflictos y advirtieron a la nación sobre su gran peligro. La ambigüedad de Wycliffe, su influencia divisionista en muchas comunidades nativas, y la defensa que hacía de sus convenios en los altos niveles del Estado, alimentaron la sospecha. En un país tras otro, los antiimperialistas acusaban al grupo de destruir la cultura indígena, buscar minerales y frenar las movilizaciones políticas. Para Wycliffe, las controversias eran obra de antropólogos y marxistas, probablemente organizados desde La Habana y, con toda seguridad, dirigidos por Satanás, con el fin de expulsar la obra del Señor del territorio indígena y fomentar la subversión.

En esta guerra entre teorías conspiracionistas de la izquierda y la derecha, lo que está en juego es la influencia entre los pueblos nativos y el camino que éstos toman para defenderse. Pero hay otra contienda indirecta en las persecuciones políticas recíprocas, la cual está simbolizada por los asesinatos oficiales de clérigos católicos y la muerte, hasta el momento insólita, de Chester Bitterman. Es la lucha por la adhesión de millones de evangélicos latinoamericanos, atrapados entre el miedo al impío comunismo, inculcado por sus misioneros, y el miedo a los principales terroristas de América Latina: los ejércitos que, con apoyo de los Estados Unidos, dominan a sus propios gobiernos.

Notas

{1} Richardson 1981:4.

{2} Calculado en base a pp. 60-1 Christianity Today (Carol Stream, Illinois) 27 de marzo 1981.

{3} pp. 1, 4 Summer Institute of Linguistics Annual Report, octubre 1981 a setiembre 1982.

{4} Mateo 28:19.

 

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