David Stoll, Entre dos fuegos en los pueblos ixiles de Guatemala
←  nódulo 2003 • presentación • páginas 19-26  →

Presentación

Este libro tiene por objeto cuestionar la visión que los movimientos de derechos humanos y solidaridad tienen sobre Guatemala. No es que los activistas hayan estado irremediablemente equivocados, sino que es tiempo de empezar a pensar sobre la situación en nuevos términos. Yo hago eso a través de un estudio de caso sobre un área que tiene reputación de haber sido un bastión de la guerrilla: el así llamado Triángulo ixil. Desde mis primeras visitas a la región ixil, a finales de 1982, percibí que su experiencia de una revolución fracasada difería grandemente de las declaraciones hechas tanto por la izquierda como por la derecha. Había un tercer lado no reportado. Era el punto de vista de la gran mayoría de la población, la cual casi se había olvidado por prestar tanta atención al gran conflicto entre ejércitos, ideologías y clases sociales. Es verdad que cientos de miles de Mayas apoyaron el movimiento guerrillero en los primeros años de los ochenta. Sin embargo, a juzgar por mis entrevistas con los ixiles, el movimiento no fue un levantamiento espontáneo, al estilo de una jacquerie francesa, ni una Gran Marcha altamente organizada, ni fue «popular» sino de un modo forzado y transitorio. En lugar de eso, la mayoría de la gente de la región ixil fue rebelde contra su voluntad, fue coaccionada tanto por la guerrilla como por el ejército.

Los investigadores ya tienen sus dudas acerca de las raíces populares de la guerra de guerrilla en el altiplano guatemalteco. Yo no estoy solo en percibir el apoyo maya a la guerrilla como localizado, frecuentemente forzado y generalmente transitorio. Sin embargo, hemos sido lentos en sacar las conclusiones. Una razón es que confrontando el rol de la guerrilla en el surgimiento de la violencia se socava una buena parte de la mitología izquierdista. Aún peor, tal revisionismo puede ser utilizado para justificar los abusos del ejercito guatemalteco. Después de alguna indecisión, decidí que tenía que enfrentar interpretaciones muy difundidas de la violencia política en Guatemala, en tres niveles. Para los estudiosos, tenía que cuestionar la suposición, producto del conflicto de Vietnam, de que la insurgencia guerrillera es popular por [19] definición. En el plano de los movimientos de solidaridad, es decir, la red de apoyo internacional para la izquierda guatemalteca, tenía que cuestionar varias presunciones acerca del movimiento guerrillero en el altiplano. Y en el nivel del estrechamente relacionado pero diferente movimiento de derechos humanos, tenía que cuestionar como éste define la lucha por establecer una sociedad civil fuerte.

Esta agenda me puso contra las formas prevalecientes de interpretación en modos que no fueron fáciles de entender. Si el movimiento guerrillero representaba la voluntad popular en el altiplano occidental, entonces la explicación pertinente para su fracaso debería ser el aparato represivo montado por el ejército guatemalteco, por el que la región ixil ha venido a ser tristemente célebre. Podría también haber sido lógico estudiar la respuesta popular en términos de «resistencia», una categoría globalizadora que se puso de moda en la antropología cultural de los ochenta, como «aculturación» lo fue en los cincuenta. La resistencia puede ser encontrada, ciertamente, en la región ixil. La guerrilla todavía anda por las montañas, y todavía hay refugiados que se resguardan allí del sitio del ejercito. Aún bajo el control del ejército hay mucha resistencia pasiva, del tipo que James Scott ha llamado «las armas de los débiles».

Pero si el movimiento revolucionario no nació de las aspiraciones populares, enmarcar entonces los sucesos en términos de opresión, rebelión y represión no va a capturar la experiencia local, ni siquiera agregando categorías apologéticas como «acomodación». Si escuchamos lo que los ixiles dicen en público y en privado, acompañados por estribillos como «fuimos engañados», «estamos en medio», «la tierra ya no da» y «no hay trabajo», su experiencia puede ser difícilmente resumida en un concepto (todo propósito) como «resistencia». «Resistencia» no explica por qué un hombre que lucha contra el alcoholismo se une a una iglesia evangélica. O por qué, después de que el crecimiento demográfico ha reducido su herencia a menos de una hectárea de tierra, quiera irse a trabajar a los Estados Unidos.

Mi propósito fue finalmente reinterpretar la historia reciente de la región ixil de un modo que estuviera más de acuerdo con la manera en que los habitantes hablan acerca de ella. En el centro del escenario quise colocar a la gente que se inclinó a condenar a ambos bandos a la vez, que negó cualquier compromiso con alguno, y cuyo comportamiento fue consistente con esa negación. Cómo hacerlo no es un problema pequeño: [21] en una atmósfera represiva como la de Guatemala, cualquier declaración de neutralidad puede ser simplemente una táctica defensiva para evitar el castigo. Sin hablar del problema de cuán francos pueden ser los ixiles con un antropólogo extranjero, ¿qué pasa con la gente que no pude entrevistar? ¿Aquellos que se unieron a la guerrilla en los primeros años de la violencia y ahora están muertos? ¿Con los sobrevivientes que estaban aún en la montaña, en el exilio o esperando calladamente su oportunidad.? No hay una respuesta completamente satisfactoria a esas objeciones: son inquietudes legítimas a lo que es posible concluir sobre una guerra que muestra pocos signos de finalizar. Pero sin ser capaz de probar la interpretación que sigue, espero convencer a los lectores que es más plausible que la alternativa, asumir que la guerrilla representa las aspiraciones de los ixiles.

El primer capítulo presenta la región ixil, especialmente el más grande de los tres municipios, el pueblo y comarca de Nebaj, en el que haré énfasis. El segundo capítulo es una breve historia social del área, enfocado en la colonización desde finales del siglo XIX, y cómo los ixiles respondieron a ella. Los enganchadores y finqueros ladinos que llegaron en esa época lograron tener bastante peso en la política local, que más tarde abriría campo para un movimiento revolucionario de afuera. Al mismo tiempo, ciertas instituciones importadas –el movimiento de Acción Católica dirigido por sacerdotes españoles, escuelas estatales dirigidas por maestros ladinos, y los partidos políticos– ayudaron a los ixiles a hacer velar sus derechos en nuevos modos, antes de, e independientemente, del movimiento guerrillero.

Los siguientes tres capítulos tratan del origen de la violencia militar en la región ixil, cómo el ejército guatemalteco ganó el dominio, y cómo los ixiles ven el conflicto. El capítulo tercero se vale de mis entrevistas con los ixiles para poner en duda versiones anteriores del conflicto. Según la perspectiva de los grupos de solidaridad, el movimiento guerrillero creció como producto de las represalias del ejército contra activistas sociales pacíficos. Lo que esta perspectiva ignora es cómo el Ejército Guerrillero de los Pobres (EGP) provocó la llegada del ejército instalándose en el área y llevando a cabo ataques; por lo tanto, la secuencia de ataques guerrilleros y represalias militares que los ixiles describen como coerción desde ambos lados. El resultado pareció ser un movimiento revolucionario popular en los primeros años de los ochenta, [22] pero sólo como consecuencia de lo que yo llamaré «violencia dual», una situación que los ixiles describen como «vivir entre dos fuegos».

El capítulo cuarto examina cómo la organización revolucionaria fue rota por la conscripción de todos los hombres bajo el control del ejercito en patrullas civiles antiguerrilleras. Según el ejército, las patrullas protegían a la población de la subversión. Según los acosados participantes, el objetivo fue además protegerse ellos mismos y sus familias del ejército. «Si obedecemos», explicó un patrullero en 1985, «ellos no nos matan.»{1} La cruel paradoja fue que, aún cuando las patrullas civiles violaron definiciones internacionales de derechos humanos, tenían el efecto de proteger a los civiles contra ambos lados.

El capítulo cinco, «De la montaña a las Aldeas modelo», recoge la experiencia de los refugiados desde la vida con la guerrilla hasta la vida con el ejercito, de las «comunidades de población en resistencia» a los reasentamientos del ejército. Debido a cómo el movimiento guerrillero se desenvolvió, yo argumentaré que el apoyo ixil a la guerrilla no fue el resultado de un campesinado preñado con ideas revolucionarias, o buscando restaurar la moral comunal perdida, o calculando cómo afirmar sus reclamos de tierra, sino principalmente una reacción a la represión militar. Entonces, la narración acostumbrada de la frustración popular dando inicio a un movimiento revolucionario, seguido de represión y resistencia continuada, impone una agenda que la mayoría de los ixiles no comparte.

Los siguientes cuatros capítulos describen cómo los ixiles han respondido a la violencia militar usando las patrullas civiles, las congregaciones religiosas y otras instituciones aparentemente conformistas y subordinadas para reconstruir la sociedad civil, es decir, el espacio político para hacer sus propias decisiones. El capítulo seis describe la persecución de la que fue objeto la iglesia católica en los primeros años de los ochenta y cómo esto dio impulsó a la interpretación del conflicto propagada por la Iglesia guatemalteca en el exilio y el movimiento de solidaridad. Si nosotros aceptamos su narración de una liberación inminente, entonces la reforma religiosa culminó con el movimiento revolucionario. Sin embargo, en los tres pueblos controlados por el ejército, entre la mayoría de la población, lo que era más evidente fue el crecimiento de nuevas congregaciones al estilo pentecostal, tanto católicas como protestantes. La persecución de la iglesia católica fue el estímulo más obvio para estos grupos, pero también fueron producto de las contradicciones [23] de la estructura de autoridad de la iglesia Católica antes de la guerra. Durante el período más violento, los nuevos grupos reformados se transformaron en santuarios políticos. El lenguaje de salvación personal que ellos emplean puede parecer atrasado, pero yo mantengo que sostienen las mismas aspiraciones de igualdad que adquirieron forma en el activismo social de la iglesia católica y en el movimiento revolucionario.

El capítulo siete, «La recuperación ixil de Nebaj», muestra cómo los ixiles han continuado la tendencia, iniciada antes de la guerra, de recuperar el control de la municipalidad y del comercio, hasta ahora en manos de los ladinos.{2} Al contrario de la interpretación revolucionaria de Nebaj, como un centro de detención y de tortura, el ejército ha permitido un cierto espacio para la organización independiente. Pero aunque una minoría de Ixiles ha prosperado a causa de la violencia, en los reasentamientos casi todos están peor que antes. La concentración de la población ha agravado una preexiste crisis de escasez de tierra, degradación ecológica y pobreza que, ahora que la violencia ha disminuido, es de nuevo el mayor problema que enfrentan los ixiles.

En consecuencia, el capítulo ocho se ocupa de la ecología de la región ixil. La historia popular generalmente le echa la culpa de la escasez de tierra que los mayas padecen a las expropiaciones de parte de las grandes fincas, pero entre los ixiles el crecimiento de la población se ha vuelto la causa principal del decrecimiento de la tierra per cápita. De hecho, la guerra ha obligado a muchos finqueros a poner su tierra en venta, pero la población ixil está creciendo tan rápidamente que, aun si las grandes propiedades fueran redistribuidas, la ganancia neta de cada familia sería mínima. Los antropólogos se han acostumbrado a defender el valor de la agricultura de subsistencia, pero aquí el crecimiento demográfico ha hecho a los «hombres y mujeres de maíz» estructuralmente dependientes de la migración a las grandes fincas en donde reciben salarios bajos.

Después de haber visto la gradual recuperación ixil de su tierra y la crisis ecológica que hace que ésta sea una victoria pírrica, en el capítulo nueve se explora cómo los nebajeños están haciendo las paces entre sí. Los investigadores le han puesto mucha atención al conflicto étnico entre indios y ladinos en el altiplano occidental guatemalteco, pero la violencia en Nebaj tuvo el efecto paradójico de mejorar las relaciones entre ambos grupos. Aun cuando los ixiles han encontrado [24] refugio en un lenguaje de neutralidad y salvación personal, esto no les ha impedido renegociar las relaciones de poder en su pueblo o usar nuevas instituciones para restablecer los parámetros de la sociedad civil. Ahora que el discurso sobre derechos humanos ha llegado a la región ixil, es importante medir las implicaciones para una población que decidió reducir el derramamiento de sangre alineándose con el ejército. En consecuencia, el capítulo final, «¿Dejar a los muertos enterrar a los muertos?» cuestiona las formas frontales de abordar los derechos humanos en un contexto como el de Nebaj.

Una primera versión de este trabajo fue presentada en la Universidad de Stanford como una tesis doctoral, bajo el título «Entre dos fuegos: la violencia dual y el restablecimiento de la sociedad civil en Nebaj, Guatemala». Mi investigación fue sostenida por la Fundación Inter-Americana, la Organización de los Estados Americanos, la Fundación Nacional de Ciencia (de los Estados Unidos), el Centro de Estudios Latinoamericanos de Stanford y el Instituto Morrison para Estudios de Población y Recursos, también de Stanford. Le debo mi gratitud a cada una de estas instituciones. En la antigua Guatemala, el personal y los investigadores asociados del Centro de Investigaciones Regionales de Mesoamérica (CIRMA), me dieron agradables pausas al trabajo de campo en Nebaj. Me gustaría recordar especialmente a Bill Swezey, un director fundador de CIRMA, quien falleció durante nuestra estancia; faltará siempre su hospitalidad al viejo estilo. En el departamento de Antropología de Stanford, mi asesor William Durham, los miembros del comité George Collier y James Fox y mi consejero emérito Benjamin Paul me brindaron su ayuda siempre que la necesité. Su paciencia y comprensión han sido considerables.

También me gustaría agradecer a varios investigadores experimentados en Guatemala, entre ellos Duncan Earle, Erica Verrillo, Carol Smith y David McCreery, quienes me animaron a seguir mi intuición a donde quiera que me llevara. Sarah Gates fue una colaboradora esencial en los meses finales de mi investigación de campo en 1988-89. Ella ayudó a organizar una encuesta de hogar, luego ingresó todos los datos e hizo mucho del análisis preliminar, nada de lo cual podría haberse llevado a cabo sin ella. Thomas Lengyel compartió su experiencia de la región ixil en el período crucial de antes de la violencia; lo mismo hizo Pierre van den Berghe. James Loucky me dirigió a estudios sobre fertilidad y trabajo infantil. Joel Simon, quien estaba realizando investigaciones [25] paralelas en el Ixcán, la región al norte de los ixiles, me ayudó mucho explicando cuál era la situación ahí.

Mi vida en Nebaj hubiera sido menos alegre sin mi familia. Sin Susan y Benjamin, es posible que los nebajeños no me hubieran aguantado. Visitantes y residentes extranjeros, estos últimos principalmente voluntarios en proyectos de ayuda, me brindaron muchas observaciones nuevas y a veces asistencia médica. No mencionaré ningún nombre, pero ellos saben quiénes son y tienen mi agradecimiento. En la antigua Guatemala, Stephen Elliott se las ingenió para hacer mis encuentros con el Departamento de Migración lo menos doloroso posible. Tengo una deuda especial con Elaine Elliott. Su inédita investigación de archivo clarificó la historia de la tenencia de la tierra, incluyendo la reforma agraria de 1952-54, en formas que nunca hubieran salido a la luz en entrevistas de campo. Paul Goepfert, Mary Jo McConahay, Víctor Perera, Bruce Calder, George Lovell, y Sarah Hill, me brindaron apoyo moral y hospitalidad, lo mismo que Michael Shawcross, quien además siempre estuvo dispuesto para una franca discusión de nuestras desavenencias.

De Robert Carlsen, Linda Green y Judith Zur, recordaré haber hecho el trabajo de campo en la misma época. Jo-Marie Burt llegó desde Perú en el momento preciso, para recordarme el concepto de sociedad civil. En casa, en Davis, California, Norman Stoltzoff me dio perspicaces comentarios basados en sus estudios con René Girard. En la revisión necesaria para transformar una tesis en libro, Richard N. Adams, Robert Carlsen, Peter Hatch, Fred Harder, Linda Green, Pierre van den Berghe, Timothy Wickham-Crowley, Paul Goepfert, Jake Bernstein, Phil Berryman, Abigail Adams, y un revisor anónimo de la editorial de la Universidad de Columbia, me dieron valiosos comentarios, en tanto que Mike Shawcross ayudó con la ortografía transcultural. Quiero agradecer a Peter Powers, de la empresa Terragraphics en Eugene, Oregon, por los mapas generados en computadora. En la editorial de la Universidad de Columbia estoy agradecido con Gioia Stevens, Rita Bernhard, Teresa Bonner, Anne McCoy, Eve Bayrock y Sara Cahill, cuyo compromiso para la rápida publicación de la versión en ingles superó el mío. Ya que no siempre me fue posible ajustar el texto a las objeciones de mis colaboradores y lectores, ninguno de los mencionados anteriormente debe ser considerados como defensores de las posiciones que se mantienen en lo que sigue. [26]

Mi deuda más grande es con los nebajeños, cotzaleños y chajules que han estado dispuestos a compartir sus experiencias y a explicar sus pueblos. Lo que sigue es poco más que mi interpretación de la suya. Lamentablemente, en una situación como la que existe en Guatemala, la gente que es más importante en el trabajo antropológico no puede ser nombrada, ya sea aquí o en las notas de pie. En consecuencia, las personas aún vivas no aparecerán bajo sus nombres verdaderos ni sus palabras les serán atribuidas; si una cita no tiene referencia, debe asumirse que proviene de mis entrevistas y conversaciones con gente de la región ixil entre 1987 y 1992.

Las personas que hicieron posible mi investigación incluyen ixiles y ladinos, líderes religiosos, autoridades municipales y representantes de aldea, agricultores, artesanos, y comerciantes, patrulleros civiles, ex-soldados y ex-guerrilleros. Cientos de personas explicaron pacientemente sus problemas cuando yo me presentaba inesperadamente. Muchos fueron más allá de eso al compartir sus esperanzas, miedos y cólera. Ellos están en cada página, y este libro está dedicado a ellos con la esperanza de que haya valido su confianza.

Notas

{1} Gleijeses 1985:21

{2} Ladinos pueden ser blancos, mestizos o aun personas con ancestros indígenas que se autoidentifiquen como no indios.

 

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